lunes, 22 de marzo de 2010

7/3

Qué lindo pueblo es La Pedrera! Hace varios días que estoy acá y podría quedarme muchos más; hay playa pero no muchedumbre, hay bosque pero no aislamiento, y está lleno de patos y caballos. El único problema son los precios; Uruguay es un país muy caro.
Pero bueno, me queda pendiente explicar cómo llegué hasta este lugar, y me instalé tan cómodamente.
Cuando llegué a la terminal, lo encontré a JuanBa en un banco, leyendo Kafka en la Orilla. Estaba medio triste porque, en un ataque de compasión, había llamado a su madre para pedirle que se calmase un poco. Pobre ángel, Virginia jamás volverá a respirar tranquila hasta que él no vuelva. Pero bueno, igual lo intentó. Al menos, le dio una gran tranquilidad al decirle que la llamaría periódicamente.
Luego de contarle mi experiencia, intentamos decidir a dónde ir, y nos dimos cuenta que no teníamos ni idea. Pero de cualquier manera era temprano en la noche montevideana y preferimos posponer esa decisión para conocer un poco la ciudad.
Pedimos un mapa y para nuestra sorpresa encontramos un parque gigante a 5 cuadras (el parque Rodó). Sin lugar a dudas, era uno de los más bellos parques que visité en la vida; lo atravesaban callejuelas adoquinadas con faroles blancos y muchos árboles. Luego de una pequeña caminata encontramos un microestadio y una escuela de educación física. La entrada estaba condecorada con palmeras altísimas; no pude dejar de envidiar a sus estudiantes.
De no muy lejos nos llegó un eco murguero, y se me dibujó una sonrisa al pensar que quizás podríamos disfrutar de una murga uruguaya. JuanBa arriesgó que las buenas murgas no son más comunes en Uruguay que en Argentina.
En efecto, a pocos pasos del colegio había un anfiteatro enorme. No pude menos que aplaudir el buen uso que se le da a ese gran espacio municipal (aunque –sin querer prejuzgar –Macri hizo lo mismo con el microestadio Roca), porque mostraba una gran cartelera con espectáculos diarios.
Se encontraba en escena una murga típica (coro de hombres con redoblante, bombo y platillo) haciendo una comedia musical. Yo estaba al tanto de esa nueva tendencia de los murgueros uruguayos en inclinarse hacia el humor, pero no me imaginaba hasta qué punto. El espectáculo que presencié en poco se diferenciaba de las revistas de Sofovich o los shows de Yayo. Era redundante y obsceno. Vulgar, en una palabra.
Me impresionó aparte la fiebre que hay con respecto al mate. En un primer momento, cuando apenas entré a Uruguay, no dejaba de ver bolsos materos colgando de dos de cada tres hombros que pasaban. Lo entendí como una práctica cultural fuertemente arraigada. Pero en el anfiteatro había carteles gigantes de yerba mate por doquier; algunos con esos fondos psicodélicos de colores chillones que uno espera ver de la mano de Coca-Cola.
En fin, le di la razón a JuanBa y propuse volver a la estación. Acá empezó lo interesante.
Luego de recoger nuestros bolsos en el depósito de la estación, fuimos a sacar pasajes para la costa atlántica, sin tener una verdadera idea de a dónde ir. Pero, sorpresa! Allí estaba Inés, sacando pasajes para La Pedrera.
No intenté ocultar mi curiosidad cuando le pregunté qué estaba haciendo ahí, sacando pasajes para la costa a esa hora de la madrugada y sin su primo.
Ya en nuestra corta aventura había leído en Inés una chica transparente, afectuosa, y que no había tenido reticencias a la hora de mostrarme su mundo, sus pensamientos e intimidades. Fue seguramente ese mismo espíritu confesor el que la llevó a contarme cómo la noche anterior a que ella llegase a la casa de sus tíos, éstos se habían peleado violentamente con Julio –tal el nombre de su primo –debido a que les había querido presentar a su nueva pareja, quien –para su infortunio –resultó ser un hombre.
Riendo, Inés nos confió que venía esperando ese acontecimiento desde hace muchos años, y lamentaba no haber podido presenciarlo. Pero que, de todos modos, había conseguido sonsacarle a sus tíos el paradero de Julio, y se disponía a buscarlo.
Y así fue que, el 3 de marzo, llegamos a este bello pueblo donde decidimos instalarnos unos días. Venimos haciendo vida ahorrativa, con lo que podremos estar cómodos allí, y además moverse mucho durante varios días no es aconsejable para ningún viajero.
Conocimos al famoso Julio y su querido Ramón –quien, por irónica gracia del ``destino´´, es oriundo de México –, con quienes nos vinculamos rápidamente. Inés –que trabaja en un bar de Paysandú –se volvió el viernes tempranito, cumplida ya su tarea cósmica de reunir a los cuatro compañeros trotamundos. Porque hay algo en las intenciones de este peculiar matrimonio que parece querer llevarlos hacia la tierra natal de uno de ellos. Cuál será, que tan oportuno nos resulta?

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