10/3
El sol del atardecer se perfila sobre las tímidas colinas del corazón uruguayo. Los vestigios de una tormenta lejana sirven de techo a este peculiar espectáculo, mientras el sol, como una gota de luz que se deshace en el poniente, deja desfilar mil haces violáceos en la base de las nubes, que se amalgaman con la franja de suaves naranjas que dan fin a la función.
Lento, mi mirada se deja llevar por la mano de Juan Bautista, que dejando atrás los últimos rayos, me descubre la contracara del cielo: un aterciopelado pizarrón de nubes difusas, que se mancha de rosa por el astro ya desvanecido. Sólo los pájaros parecen dejar su huella en él. Sólo los pájaros, ajenos a nuestra suerte terrena.
Me llama la atención la estela lejana de un avión que pasa. El avión parece un grano de arena, pero casi puedo oír el tintinear de la taza que la azafata posa frente a un rostro anónimo; el frufrú de la frazada que su compañero acomoda entre sueños; el aroma fuerte del café que ya comienza a beber…
Anochece en la ruta y nadie nos levanta.
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