viernes, 23 de abril de 2010

26/3

Ja! Nadie sabe que visitamos el Parque Nacional El Palmar. Como Julio y Ramón no aparecieron, decidimos entrar al parque, para acampar.
Era de noche ya, y la garita de entrada estaba cerrada. Ajenos al detalle, proseguimos nuestra caminata, sólo para descubrir la decepcionante noticia de que la zona de acampe era 12km parque adentro. ¡Zona de acampe para vos, quizás! No hay moral alguna que pueda más que la fatiga, y la densa masa de palmeras y arbustos parecía cobijo suficiente para nosotros. Con el sol de la tarde aún sobre nuestras pieles, nos internamos en la maleza apartando arbustos con el machete que hasta ese momento había tenido olvidado en las profundidades de mi mochila. Era una clara noche de luna creciente y fue su destello quien me apercibió de la enorme telaraña que tenía enfrente.
Mi corazón dio un vuelco; nunca antes me había preguntado cuán virgen puede ser la vegetación en un parque nacional.
Dispuesta a dar media vuelta, intenté ubicar a JuanBa, pero él ya rodeaba la morada del arácnido por un costado. Fuerza Aurora -me dije-, no puede ser tan terrible. Avancé, y por suerte a los pocos metros JuanBa reconoció un claro entre dos palmeras.
Sólo cuando llegó la hora de armar la carpa tomé consciencia del terreno que venía pisando. Nos distanciaba del suelo una gruesa capa de ramas, hojas y frutos de las palmeras. El terreno era muy desnivelado, pero no parecía haber otra opción.
Cuando erigimos la carpa, noté que una de sus esquinas caía en una depreción importante. Inevitable, pensé, que el denso ramaje que estábamos pisando no se amontone dejando baches. Ja! Ilusa.
JuanBa y yo tenemos un sistema muy organizado para armar la carpa, y siempre colocamos las estacas simultáneamente y en puntas opuestas.
La mitad de JuanBa no presentó complicaciones. Pero yo no pude clavar una estaca. Las ramas no permitían alcanzar el suelo y me vi obligada a amarrar el rompeviento a los parantes.
Sin embargo, con la esquina en la que estaba el pozo no hice lo mismo. Pensé que, estando más cerca del suelo, podría enterrar la estaca.
''Ojos que no ven, corazón que no siente'' es un refrán popular muy conocido. Mas hay otro, de la época del Mayo Francés creo, que reza ''los ojos una vez abiertos no pueden volver a cerrarse''.
¿Por qué insistí con la estaca? No lo se. Sólo se que al hacerlo descubrí que esa depresión era en realidad una madriguera.
¡Oh, tinieblas! El shock que sufrí me impidió compartir mis miedos con JuanBa. Me dije a mi misma que no quería preocuparlo, pero en realidad no era más que un preludio para la letanía que mi superyo ensayaba.
Nos acostamos luego de un arroz fugaz. JuanBa palmó en cuestión de minutos, pero yo estaba incómoda y no podía calmarme. El suelo era irregular y mis pies se hundían por el declive de la madriguera. Mi mente perversa dibujaba una sonrisa en el rostro de aquel reptil expectante, que en cuanto cesase el movimiento saldría a buscar una presa.
De a ratos se escuchaban leves ruidos de pasto que se mueve -yo conocía la causa: eran los frutos de la palmera sygrus yatay, que caen esporádicamente como granos de arena en un reloj. Lo había presenciado momentos antes, pero eso no impedía que fuesen otro ladrillo en la pared.
La noche avanzaba, el respirar de Juan Bautista era cada vez más monótono y yo intentaba superar la incomodidad para inducir el sueño.
Para comentar los hechos venideros, tengo que hacer una breve introducción a las costumbres de mi psiquis.
Cuando niña, yo era una soñadora. Nada me deleitaba más que aquellos momentos en los que la realidad no exigía una participación activa de mi consciencia (léase el colectivo, las colas de toda clase, la ducha y, por excelencia, el lapso entre que me acostaba y me dormía). Ahí tenía yo la oportunidad de imaginarme volando entre nubes de algodón, o arrullada por el pelaje de los personajes de Donde Los Monstruos Se Esconden.
Amé tanto estos momentos en los que olvidaba la realidad para sumergirme en la fantasía, que luego, ya grande, mi mecanismo onírico quedó automatizado de esta forma: nunca podría conciliar el sueño sin atravesar un considerable período en estado duermevela.
La noche del 24 de marzo (feriado nacional, por cierto), tuve quizás el sueño más fuerte, más vívido; más real, en una palabra, de mi vida.
Como me había quedado quieta en mi determinación a dormirme, lentamente me fui sumergiendo en la ensoñación; pero como aún así estaba incómoda, nunca llegué a apartarme demasiado de la realidad.
Todo se fundió. Como si un cortocircuito de mi mente hubiera originado un incendio metafísico, el mundo y mis figuraciones dejaron de diferenciarse. Creo haber dicho ya que la falta de costumbre a la vida de carpa hace que frecuentemente me despierte por las noches. Es posible i incluso probable que durante esta noche eso no haya pasado, pero no podría afirmarlo.
Recuerdo estar haciendo una recapitulación mental de las hendiduras de la carpa, debido a la presencia de muchos mosquitos. Tantié las paredes de la carpa, pero no había ninguna.
Ahí me di cuenta: entraban por el piso. El piso de la carpa estaba tajeado y seguramente -me dije- era por haber acampado en lugares rocosos. Yo se lo había dicho a JuanBa, pero a veces no hay caso con ese chico.
No había tiempo que perder. Mientras yo pensaba estas cosas se filtraban ya algunas arañas. ¡Arañas, en mi carpa! ¡Jamás! Me apresuré a matarlas y me acosté sobre los agujeros para que no pudiesen entrar. Supuse que algunos bichos habrían quedado, pero ya me encargaría de ellos con la luz diurna. Por lo pronto quería descansar. Me hundí hasta la coronilla en la bolsa de dormir para escaparle al frío. No es muy abrigada que digamos, pero bueno, nada que unos minutos exhalando aire caliente no puedan resolver.
Un gran factor que diferencia la duermevela del sueño es la consciencia del cuerpo; ¡Y cuán consciente era de mi cuerpo! Todo por ese maldito declive. ¿Por qué tuvimos que poner la carpa en un lugar tan inclinado? Es imposible dormir cuando uno se va resbalando hacia un costado de la carpa. Decidí resignarme y esperar a que mi cuerpo se acomode solo, pero sentí que mi cabeza quedaba contra algo duro.
Este fue JuanBa, que deja su mochila en cualquier parte. Salí de mi capullo con la intención de moverla, pero me encontré con un árbol. ¡Había rodado hasta afuera de la carpa! Ay, Dios mio, el agujero que tiene debe ser enorme. Volví a entrar asustadísima y noté que se estaba llenando de bichos. Parecía que la noche iba a ser muy larga, pero en ese momento me pasó por la cabeza la idea de que todos estos sucesos se debiesen a que yo estaba soñando. sólo había una forma de comprobarlo: miré el piso de la carpa, pero los agujeros seguían allí. Al parecer estaba despierta. Suspirando, me volví a acostar, esta vez paralelo al declive de la carpa y no perpendricular, rogando por que el alud de bichos se detuviese.
Casi diría que había alcanzado un estado aceptable de ensoñación, cuando oí ruidos fuera de la carpa.
Asustada, pero harta y decidida cogí el machete y salí de la carpa.
¡Qué fauces, qué diabólica mirada la del perro descomunal que surgió de entre los arbustos! Intentó atacarme, pero le corté la cabeza de un firme machetazo. Al Observarlo detenidamente, noté que se parecía a la cara de Alien, sólo que con pelos en vez de coraza. Oooookeeeeeeeeeeeyyy ¡Basta! ¡Ya entendí que esto es un sueño, así que por favor déjenme utilizarlo para descansar!
Entré a la carpa por enésima vez ¡Pero los malditos agujeros seguían allí en el piso! ¿Será que estoy soñando con esos agujeros? no puede ser... si acaso estaban en la carpa cuando... ¡Un momento! Ya está, ya lo recordé: yo siempre uso aislante para dormir, ¿Cómo podría ver los agujeros del piso de la carpa, si debajo mio debiera haber un aislante? ¡Já, chupate esa, superyo! Nunca las tinieblas de mi mente volverán a acosarme, ahora que he encendido la fatua antorcha de la lógica.
Es increíble que un detalle tan absurdo me haya permitido ''conquistar'' el sueño, pero así fue. Luego de haber razonado así, todas las extravagancias del sueño se tornaron bellísimas. Se hizo de día, salí de la carpa y estaba lleno de gente que venía a pasar un día de picnic. aparecieron mis compañeros de la facu y nos sentamos a una mesa para comer. ¡Qué grandiosa la gente, el calor, la luz del sol!

Nunca la consciencia, la voluntad y la claridad propias de la vigilia se vieron tan confrontadas con la impotencia, la ajenidad y la incerteza inherentes al sueño. Nunca el surrealismo fue tan lógico, nunca la razón careció tanto de sentido. Oh, Dios, nunca el sol fue tanto un alivio como la mañana del 25 de marzo.

miércoles, 14 de abril de 2010

CAPÍTULO 2: LA PALABRA EN LA PUNTA DE LA LENGUA

24/3
Nuestro primer paso por el puente General Artigas había sido mágico. Yo no podía apartar los ojos del bello paisaje que me rodeaba. Además, dio la casualidad que lo cruzamos a la tarde temprana, y la ausencia de tránsito nos permitió disfrutar del silencio que se impone a mitad del rio.
En cambio, nuestro regreso a Argentina fue casi desesperado. Veníamos caminando desde Paysandú, que se encuentra a 7km del puente, y hacía días que no nos bañábamos. La aduana era un caos de autos y el puente estaba muy transitado (en su mayoría -como pude notar- por uruguayos que volvían a Paysandú con grandes fardos de mercadería).
Así alcanzamos la ribera argentina. Nos duchamos en la YPF, y emprendimos el camino por la costa hasta donde se encontraban nuestros amigos.
Mi primera impresión de Colón había sido la de un pueblito que no iba más allá de ser paso a Uruguay.
Sin embargo, nuestro peregrinaje por la costa me mostró una realidad muy distinta (y claro, nosotros sólo habíamos andado por la zona periférica).
Caminamos por un bello boulevard parquizado que desembocó a la entrada de un suntuoso parque (el Quiroz). El boulevard viraba para transformarse en el camino costero, donde se nos abrió un panorama de restaurants, hoteles y bares. Había unas impresionantes escalinatas ladrilladas casi medievales que bajaban a la parte más boscosa (a pasos de la playa). Ahí se abría un camping enorme donde nuestros amigos aguardaban: Piedra Colorada.
Fue divertido volver a verlos luego de tantos días; las extravaganzas de Julio me hicieron olvidar los pesares del día.
Luego de una cena al mejor estilo vegetariano (ya empezaba a extrañarlas) salimos a caminar por el pueblo. Había terminado nuestro primer ciclo de viaje, y yo estaba ansiosa por ir a internet a publicar el material. Aparte, tenía muchas ganas de hablar con mis seres queridos de Pergamino y Buenos Aires; desde el comienzo del viaje casi no había tenido más contacto con mi hogar que las amarguras con los padres de JuanBa (por cierto, la situación está bastante más calma ahora, pero lamentablemente estoy segura de que volverán a hacer erupción cuando descubran que este viaje supera con creces al Mercosur).
Entre el chat, los mails y las correcciones que debí hacerle a mi historia, no me bastó la noche del viernes para publicarla (y eso que le pedí a JuanBa que suba su parte. ¿Lo sabían?¡Logré convencer a JuanBa de que escriba algo en el blog!). Aparte este sábado fue el cumpleaños de Ramón y quería acompañar a Julio con los preparativos sorpresa.
Pero cuando volví al camping (sola, porque JuanBa se quedó chateando), sólo encontré a Ramón, leyendo plácidamente Kafka en la orilla (¡terminé el tomo 1 de Foucault! Igual, creo que fue sólamente porque si no me apuraba JuanBa me lo arrebataba; ese chico no deja sus ojos leyendo mientras duerme porque los tiene pegados). No tuve que preguntarle nada luego de ver la sonrisa de su rostro. ''Julito desapareció hace rato ya; creo que se trae algo grande entre manos'' me confió con entusiasmo casi infantil. Alegrándome por él, lo dejé solo y me senté a leer (Más allá del golfo de México, porque Julio sigue con el tomo 2).
Yo adivinaba en Julio a un romántico, pero honestamente el regalo que tenía preparado para Ramón me dejó boquiabierta. ¡Le llevó a su hermano! yo no lo terminaba de creer, cuando lo vi aparecer junto a una versión más alta y corpulenta de Ramón, que cargaba flojamente su mochila de un hombro y tenía un moño rosa en la cabeza. Llevaba el pelo más ordenado y la tez más pálida, pero era el mismo bigote poblado, la misma cara redondeaba con una mirada casi femenina.
Así me enteré, mientras los hermanos se abrazaban y JuanBa aparecía caminando como perdido, que Ramón no había elegido arbitrariamente Brasil como destino tras abandonar su patria, sino que lo había impulsado el hecho de que allí vivía su hermano Pablo desde hacía unos años.
Al parecer esta sorpresa había sido idea de Pablo, pero no por ello desamerité a Julio; lo del moño rosado en la cabeza era su huella indiscutible.
El regalado también traía sus regalos, entre lo que contaban una gran gama de utencilios que, conociendo a su hermano, sabía que le vendrían bien; y una torta horneada por la mujer de Pablo que era exquisita. estaba rellena con dulce de una fruta llamada Goiabada -al parecer típica del Brasil- y retocada con merenguitos de colores.
En fin, fue una velada mágica. Luego de la torta y el ''parabéns pra voce...'', JuanBa propuso comprar alcohol (qué raro) y fuimos a beber a la playa. Era lindo estar ahí, con esa gente tan cariñosa (todavía hoy no puedo creer que exista tanta dulzura en torno a la vida de Ramón, realmente me asombra que todas las personas que lo rodean lo quieran y lo cuiden tanto), festejando frente al rio, cuya superficie se cubría suavemente de vapor condensado y la luna creciente asomaba despacito.
Esa noche (madrugada del 20 de marzo del 2010, último día de verano) fumé marihuana por primera vez -otro detalle de Julio. A JuanBa se le iluminó la cara (...) y, para mi sorpresa, Pablo no fumó. No se por qué me lo esperaba, igual, pero cuando le pregunté, me confesó que él había tenido experiencias muy feas con las drogas, terminando al borde del colapso nervioso. Hoy, dijo, estudiaba para obtener una diplomatura en Dependencias. Así que las experiencias negras del pasado son hoy tu razón para ayudar. Bella actitud Pablo, muy bella de verdad.
Lamentablemente, su vocación no me ayudó en mucho a mí. Quiero pedir perdón a todas las personas que desmentí cuando vaticinaron mi iniciación a las drogas; al parecer me conocían mejor que yo misma (Sobre todo a vos, Ceci).
Cuando lograba hablar un minuto seguido, luego pasaba dos riendo. Y si encima estaba caminando, necesitaba apoyarme en alguien o detenerme.
A JuanBa no se le pasó por alto mi condición. Más de una vez utilizó su ingenio maquiavélico para que yo misma exaltase mi aturdimiento sin darme cuenta. Lo peor es que no podía responderle nada, y agredirlo físicamente era un sueño lejano. Pero por suerte se le pasó rápido, pues al poco rato estaba cantando canciones punk con Julio. Ese geniecillo endiablado debía estar esperando este momento desde hace mucho tiempo.

Tal fue mi bienvenida a Argentina (¡Y los precios! ¡Los benditos precios!). El día siguiente se lo dediqué a la playa, lavar un poco de ropa y conocer más a Pablo, ese personaje singular que había caído del cielo.
Era muy culto en cine y música, y al parecer se dedicaba a hacer diseño de iluminación y sonido para obras de teatro.
¿Saben? Yo soy una persona bastante desequilibrada emocionalmente; como si el síndrome de la adolescencia nunca hubiese terminado de desaparecer en mí. Tengo diversas inquietudes que canalizo en actividades de todo tipo, pero ninguna parece convencerme y siempre termino cambiándolas. Es como si todavía no hubiese encontrado mi verdadero ser, uno que me satisfaga.
Fue en gran medida por esto que decidí concretar esa vaga fantasía de viajar. Saber que el mundo es inabarcablemente grande fue suempre mi razón para querer darle la cucharada más grande que pueda tomar. Y bucear en sus aguas para ver si rompiendo con la cotidianeidad a la que tanto le atribuía mi desasosiego encontraba un faro que me ilumine. Si... ver la luz; esa expresión siempre me gustó mucho por la carga simbólica que conlleva. Como si la vida fuese un caos de tinieblas por el que avanzamos a tientas hasta encontrar nuestra luz, una que nos cuaje, que ni queme ni deje helar: que arrulle. Así como hay plantas que hacen fotosíntesis con diferentes frecuencias de luz, así cada ser humano busca la chispita que más le guste para pasar su tiempo junto a ella. Así las personas se iluminan.
Yo a Pablo lo consideré un iluminado. Una persona que soportó los sismos de su vida y ganó con ello la convicción de salir a luchar. Convicciones... Fe en los ciclos... ésas son las cosas que yo no tengo y añoro tanto. Gracias, Pablo, por aparecer en mi vida y mostrarme tu admirable ejemplo de fortaleza.
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Perdón, mi discurso de hoy está muy divagante, porque no hay absolutamente nada que lo detenga. Ayer salimos de Colón -a dedo, obvio- y, por primera vez en nuestra humilde historia, nos levantaron primeros a JuanBa y a mí. Ja! Qué divertido fue sacarle la lengua a Julio desde la ventanilla del auto.
Nuestra intención era hacer tan sólo 10km hasta el cruce de la ruta 135 con la 14, pero el señor que nos levantó seguía nuestro rumbo así que decidimos dejar que él decida donde dejarnos (qué paradoja, ¿no?).
Nuestro chofer de turno resultó ser otra persona que yo calificaría de iluminado. (Por favor lector, no pienses que voy por la calle señalando Budas a mi alrededor).
Era un cura que encabezaba la parroquia local de un pueblito cercano a Colón, y se dirigía hacia allí a dar misa. Yo leí en él un gran interés por los jóvenes viajeros y sus andanzas. De hecho, fue la primera vez que viajábamos en un auto propiamente. Le contamos de nuestros recorridos y deseos, y que nuestro siguiente objetivo era Misiones. Nos habló de una comunidad guaraní con la que él había convivido tiempo atrás. Al parecer, este señor gustaba de sumergirse en las comunidades con cosmogonías diferentes a la suya e interactuar con ellos.
Me encantó saber que no era un mero predicador, sino una persona que admitía a Dios en todas sus formas y no buscaba imponer la que él concebía. Le interesaba mucho la concepción indígena de las divinidades, y por ello había aprovechado las oportunidades que tenía para conocer nuevas culturas. Había estado en Guatemala, conviviendo con pueblos practicantes de la religión maya, y cierta vez pudo viajar a visitar un colega suyo que vivía con aborígenes africanos en Belín. Me asombraron sus relatos (y ni mencionemos que me despertaron ganas de vivirlos) y el hecho de que ninguna de estas vivencias le hayan resbalado, sino que las haya aprovechado para expandir las fronteras de su filosofía.
Días antes de este suceso, hablando de las personas que nos habían llevado, JuanBa comentó que sólo creería en la bondad humana cuando alguien se desviara de su recorrido por nosotros. Qué ingenuo fue al pensar que eso no pasaría.
Nosotros le habíamos comentado al pasar a este señor (nunca supe su nombre) que queríamos conocer el Parque Nacional el Palmar. Y bueno, tanto fue así que en vez de entrar al pueblo donde se ubicaba la parroquia siguió por la ruta 14 hasta la entrada del Parque. yo no lo podía creer, cuando su única respuesta ante mis reiterados agradecimientos fue: ''Por favor, saquen rápido sus cosas del baúl que estoy llegando tarde a misa''.
JuanBa mismo estaba contrariado. ''Un cura católico me devolvió la fe en la humanidad. No suena bien eso'' conmentaba irónico.
Así terminamos en la entrada del Parque. Todavía no pudimos contactarnos con los chicos, y estuvimos todo el día acá, al costado de la ruta, esperando que por milagro aparezcan.
Mientras tanto, el sol gira, los autos pasan, JuanBa lee y yo escribo.