24/3
Nuestro primer paso por el puente General Artigas había sido mágico. Yo no podía apartar los ojos del bello paisaje que me rodeaba. Además, dio la casualidad que lo cruzamos a la tarde temprana, y la ausencia de tránsito nos permitió disfrutar del silencio que se impone a mitad del rio.
En cambio, nuestro regreso a Argentina fue casi desesperado. Veníamos caminando desde Paysandú, que se encuentra a 7km del puente, y hacía días que no nos bañábamos. La aduana era un caos de autos y el puente estaba muy transitado (en su mayoría -como pude notar- por uruguayos que volvían a Paysandú con grandes fardos de mercadería).
Así alcanzamos la ribera argentina. Nos duchamos en la YPF, y emprendimos el camino por la costa hasta donde se encontraban nuestros amigos.
Mi primera impresión de Colón había sido la de un pueblito que no iba más allá de ser paso a Uruguay.
Sin embargo, nuestro peregrinaje por la costa me mostró una realidad muy distinta (y claro, nosotros sólo habíamos andado por la zona periférica).
Caminamos por un bello boulevard parquizado que desembocó a la entrada de un suntuoso parque (el Quiroz). El boulevard viraba para transformarse en el camino costero, donde se nos abrió un panorama de restaurants, hoteles y bares. Había unas impresionantes escalinatas ladrilladas casi medievales que bajaban a la parte más boscosa (a pasos de la playa). Ahí se abría un camping enorme donde nuestros amigos aguardaban: Piedra Colorada.
Fue divertido volver a verlos luego de tantos días; las extravaganzas de Julio me hicieron olvidar los pesares del día.
Luego de una cena al mejor estilo vegetariano (ya empezaba a extrañarlas) salimos a caminar por el pueblo. Había terminado nuestro primer ciclo de viaje, y yo estaba ansiosa por ir a internet a publicar el material. Aparte, tenía muchas ganas de hablar con mis seres queridos de Pergamino y Buenos Aires; desde el comienzo del viaje casi no había tenido más contacto con mi hogar que las amarguras con los padres de JuanBa (por cierto, la situación está bastante más calma ahora, pero lamentablemente estoy segura de que volverán a hacer erupción cuando descubran que este viaje supera con creces al Mercosur).
Entre el chat, los mails y las correcciones que debí hacerle a mi historia, no me bastó la noche del viernes para publicarla (y eso que le pedí a JuanBa que suba su parte. ¿Lo sabían?¡Logré convencer a JuanBa de que escriba algo en el blog!). Aparte este sábado fue el cumpleaños de Ramón y quería acompañar a Julio con los preparativos sorpresa.
Pero cuando volví al camping (sola, porque JuanBa se quedó chateando), sólo encontré a Ramón, leyendo plácidamente Kafka en la orilla (¡terminé el tomo 1 de Foucault! Igual, creo que fue sólamente porque si no me apuraba JuanBa me lo arrebataba; ese chico no deja sus ojos leyendo mientras duerme porque los tiene pegados). No tuve que preguntarle nada luego de ver la sonrisa de su rostro. ''Julito desapareció hace rato ya; creo que se trae algo grande entre manos'' me confió con entusiasmo casi infantil. Alegrándome por él, lo dejé solo y me senté a leer (Más allá del golfo de México, porque Julio sigue con el tomo 2).
Yo adivinaba en Julio a un romántico, pero honestamente el regalo que tenía preparado para Ramón me dejó boquiabierta. ¡Le llevó a su hermano! yo no lo terminaba de creer, cuando lo vi aparecer junto a una versión más alta y corpulenta de Ramón, que cargaba flojamente su mochila de un hombro y tenía un moño rosa en la cabeza. Llevaba el pelo más ordenado y la tez más pálida, pero era el mismo bigote poblado, la misma cara redondeaba con una mirada casi femenina.
Así me enteré, mientras los hermanos se abrazaban y JuanBa aparecía caminando como perdido, que Ramón no había elegido arbitrariamente Brasil como destino tras abandonar su patria, sino que lo había impulsado el hecho de que allí vivía su hermano Pablo desde hacía unos años.
Al parecer esta sorpresa había sido idea de Pablo, pero no por ello desamerité a Julio; lo del moño rosado en la cabeza era su huella indiscutible.
El regalado también traía sus regalos, entre lo que contaban una gran gama de utencilios que, conociendo a su hermano, sabía que le vendrían bien; y una torta horneada por la mujer de Pablo que era exquisita. estaba rellena con dulce de una fruta llamada Goiabada -al parecer típica del Brasil- y retocada con merenguitos de colores.
En fin, fue una velada mágica. Luego de la torta y el ''parabéns pra voce...'', JuanBa propuso comprar alcohol (qué raro) y fuimos a beber a la playa. Era lindo estar ahí, con esa gente tan cariñosa (todavía hoy no puedo creer que exista tanta dulzura en torno a la vida de Ramón, realmente me asombra que todas las personas que lo rodean lo quieran y lo cuiden tanto), festejando frente al rio, cuya superficie se cubría suavemente de vapor condensado y la luna creciente asomaba despacito.
Esa noche (madrugada del 20 de marzo del 2010, último día de verano) fumé marihuana por primera vez -otro detalle de Julio. A JuanBa se le iluminó la cara (...) y, para mi sorpresa, Pablo no fumó. No se por qué me lo esperaba, igual, pero cuando le pregunté, me confesó que él había tenido experiencias muy feas con las drogas, terminando al borde del colapso nervioso. Hoy, dijo, estudiaba para obtener una diplomatura en Dependencias. Así que las experiencias negras del pasado son hoy tu razón para ayudar. Bella actitud Pablo, muy bella de verdad.
Lamentablemente, su vocación no me ayudó en mucho a mí. Quiero pedir perdón a todas las personas que desmentí cuando vaticinaron mi iniciación a las drogas; al parecer me conocían mejor que yo misma (Sobre todo a vos, Ceci).
Cuando lograba hablar un minuto seguido, luego pasaba dos riendo. Y si encima estaba caminando, necesitaba apoyarme en alguien o detenerme.
A JuanBa no se le pasó por alto mi condición. Más de una vez utilizó su ingenio maquiavélico para que yo misma exaltase mi aturdimiento sin darme cuenta. Lo peor es que no podía responderle nada, y agredirlo físicamente era un sueño lejano. Pero por suerte se le pasó rápido, pues al poco rato estaba cantando canciones punk con Julio. Ese geniecillo endiablado debía estar esperando este momento desde hace mucho tiempo.
Tal fue mi bienvenida a Argentina (¡Y los precios! ¡Los benditos precios!). El día siguiente se lo dediqué a la playa, lavar un poco de ropa y conocer más a Pablo, ese personaje singular que había caído del cielo.
Era muy culto en cine y música, y al parecer se dedicaba a hacer diseño de iluminación y sonido para obras de teatro.
¿Saben? Yo soy una persona bastante desequilibrada emocionalmente; como si el síndrome de la adolescencia nunca hubiese terminado de desaparecer en mí. Tengo diversas inquietudes que canalizo en actividades de todo tipo, pero ninguna parece convencerme y siempre termino cambiándolas. Es como si todavía no hubiese encontrado mi verdadero ser, uno que me satisfaga.
Fue en gran medida por esto que decidí concretar esa vaga fantasía de viajar. Saber que el mundo es inabarcablemente grande fue suempre mi razón para querer darle la cucharada más grande que pueda tomar. Y bucear en sus aguas para ver si rompiendo con la cotidianeidad a la que tanto le atribuía mi desasosiego encontraba un faro que me ilumine. Si... ver la luz; esa expresión siempre me gustó mucho por la carga simbólica que conlleva. Como si la vida fuese un caos de tinieblas por el que avanzamos a tientas hasta encontrar nuestra luz, una que nos cuaje, que ni queme ni deje helar: que arrulle. Así como hay plantas que hacen fotosíntesis con diferentes frecuencias de luz, así cada ser humano busca la chispita que más le guste para pasar su tiempo junto a ella. Así las personas se iluminan.
Yo a Pablo lo consideré un iluminado. Una persona que soportó los sismos de su vida y ganó con ello la convicción de salir a luchar. Convicciones... Fe en los ciclos... ésas son las cosas que yo no tengo y añoro tanto. Gracias, Pablo, por aparecer en mi vida y mostrarme tu admirable ejemplo de fortaleza.
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Perdón, mi discurso de hoy está muy divagante, porque no hay absolutamente nada que lo detenga. Ayer salimos de Colón -a dedo, obvio- y, por primera vez en nuestra humilde historia, nos levantaron primeros a JuanBa y a mí. Ja! Qué divertido fue sacarle la lengua a Julio desde la ventanilla del auto.
Nuestra intención era hacer tan sólo 10km hasta el cruce de la ruta 135 con la 14, pero el señor que nos levantó seguía nuestro rumbo así que decidimos dejar que él decida donde dejarnos (qué paradoja, ¿no?).
Nuestro chofer de turno resultó ser otra persona que yo calificaría de iluminado. (Por favor lector, no pienses que voy por la calle señalando Budas a mi alrededor).
Era un cura que encabezaba la parroquia local de un pueblito cercano a Colón, y se dirigía hacia allí a dar misa. Yo leí en él un gran interés por los jóvenes viajeros y sus andanzas. De hecho, fue la primera vez que viajábamos en un auto propiamente. Le contamos de nuestros recorridos y deseos, y que nuestro siguiente objetivo era Misiones. Nos habló de una comunidad guaraní con la que él había convivido tiempo atrás. Al parecer, este señor gustaba de sumergirse en las comunidades con cosmogonías diferentes a la suya e interactuar con ellos.
Me encantó saber que no era un mero predicador, sino una persona que admitía a Dios en todas sus formas y no buscaba imponer la que él concebía. Le interesaba mucho la concepción indígena de las divinidades, y por ello había aprovechado las oportunidades que tenía para conocer nuevas culturas. Había estado en Guatemala, conviviendo con pueblos practicantes de la religión maya, y cierta vez pudo viajar a visitar un colega suyo que vivía con aborígenes africanos en Belín. Me asombraron sus relatos (y ni mencionemos que me despertaron ganas de vivirlos) y el hecho de que ninguna de estas vivencias le hayan resbalado, sino que las haya aprovechado para expandir las fronteras de su filosofía.
Días antes de este suceso, hablando de las personas que nos habían llevado, JuanBa comentó que sólo creería en la bondad humana cuando alguien se desviara de su recorrido por nosotros. Qué ingenuo fue al pensar que eso no pasaría.
Nosotros le habíamos comentado al pasar a este señor (nunca supe su nombre) que queríamos conocer el Parque Nacional el Palmar. Y bueno, tanto fue así que en vez de entrar al pueblo donde se ubicaba la parroquia siguió por la ruta 14 hasta la entrada del Parque. yo no lo podía creer, cuando su única respuesta ante mis reiterados agradecimientos fue: ''Por favor, saquen rápido sus cosas del baúl que estoy llegando tarde a misa''.
JuanBa mismo estaba contrariado. ''Un cura católico me devolvió la fe en la humanidad. No suena bien eso'' conmentaba irónico.
Así terminamos en la entrada del Parque. Todavía no pudimos contactarnos con los chicos, y estuvimos todo el día acá, al costado de la ruta, esperando que por milagro aparezcan.
Mientras tanto, el sol gira, los autos pasan, JuanBa lee y yo escribo.
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