26/3
Ja! Nadie sabe que visitamos el Parque Nacional El Palmar. Como Julio y Ramón no aparecieron, decidimos entrar al parque, para acampar.
Era de noche ya, y la garita de entrada estaba cerrada. Ajenos al detalle, proseguimos nuestra caminata, sólo para descubrir la decepcionante noticia de que la zona de acampe era 12km parque adentro. ¡Zona de acampe para vos, quizás! No hay moral alguna que pueda más que la fatiga, y la densa masa de palmeras y arbustos parecía cobijo suficiente para nosotros. Con el sol de la tarde aún sobre nuestras pieles, nos internamos en la maleza apartando arbustos con el machete que hasta ese momento había tenido olvidado en las profundidades de mi mochila. Era una clara noche de luna creciente y fue su destello quien me apercibió de la enorme telaraña que tenía enfrente.
Mi corazón dio un vuelco; nunca antes me había preguntado cuán virgen puede ser la vegetación en un parque nacional.
Dispuesta a dar media vuelta, intenté ubicar a JuanBa, pero él ya rodeaba la morada del arácnido por un costado. Fuerza Aurora -me dije-, no puede ser tan terrible. Avancé, y por suerte a los pocos metros JuanBa reconoció un claro entre dos palmeras.
Sólo cuando llegó la hora de armar la carpa tomé consciencia del terreno que venía pisando. Nos distanciaba del suelo una gruesa capa de ramas, hojas y frutos de las palmeras. El terreno era muy desnivelado, pero no parecía haber otra opción.
Cuando erigimos la carpa, noté que una de sus esquinas caía en una depreción importante. Inevitable, pensé, que el denso ramaje que estábamos pisando no se amontone dejando baches. Ja! Ilusa.
JuanBa y yo tenemos un sistema muy organizado para armar la carpa, y siempre colocamos las estacas simultáneamente y en puntas opuestas.
La mitad de JuanBa no presentó complicaciones. Pero yo no pude clavar una estaca. Las ramas no permitían alcanzar el suelo y me vi obligada a amarrar el rompeviento a los parantes.
Sin embargo, con la esquina en la que estaba el pozo no hice lo mismo. Pensé que, estando más cerca del suelo, podría enterrar la estaca.
''Ojos que no ven, corazón que no siente'' es un refrán popular muy conocido. Mas hay otro, de la época del Mayo Francés creo, que reza ''los ojos una vez abiertos no pueden volver a cerrarse''.
¿Por qué insistí con la estaca? No lo se. Sólo se que al hacerlo descubrí que esa depresión era en realidad una madriguera.
¡Oh, tinieblas! El shock que sufrí me impidió compartir mis miedos con JuanBa. Me dije a mi misma que no quería preocuparlo, pero en realidad no era más que un preludio para la letanía que mi superyo ensayaba.
Nos acostamos luego de un arroz fugaz. JuanBa palmó en cuestión de minutos, pero yo estaba incómoda y no podía calmarme. El suelo era irregular y mis pies se hundían por el declive de la madriguera. Mi mente perversa dibujaba una sonrisa en el rostro de aquel reptil expectante, que en cuanto cesase el movimiento saldría a buscar una presa.
De a ratos se escuchaban leves ruidos de pasto que se mueve -yo conocía la causa: eran los frutos de la palmera sygrus yatay, que caen esporádicamente como granos de arena en un reloj. Lo había presenciado momentos antes, pero eso no impedía que fuesen otro ladrillo en la pared.
La noche avanzaba, el respirar de Juan Bautista era cada vez más monótono y yo intentaba superar la incomodidad para inducir el sueño.
Para comentar los hechos venideros, tengo que hacer una breve introducción a las costumbres de mi psiquis.
Cuando niña, yo era una soñadora. Nada me deleitaba más que aquellos momentos en los que la realidad no exigía una participación activa de mi consciencia (léase el colectivo, las colas de toda clase, la ducha y, por excelencia, el lapso entre que me acostaba y me dormía). Ahí tenía yo la oportunidad de imaginarme volando entre nubes de algodón, o arrullada por el pelaje de los personajes de Donde Los Monstruos Se Esconden.
Amé tanto estos momentos en los que olvidaba la realidad para sumergirme en la fantasía, que luego, ya grande, mi mecanismo onírico quedó automatizado de esta forma: nunca podría conciliar el sueño sin atravesar un considerable período en estado duermevela.
La noche del 24 de marzo (feriado nacional, por cierto), tuve quizás el sueño más fuerte, más vívido; más real, en una palabra, de mi vida.
Como me había quedado quieta en mi determinación a dormirme, lentamente me fui sumergiendo en la ensoñación; pero como aún así estaba incómoda, nunca llegué a apartarme demasiado de la realidad.
Todo se fundió. Como si un cortocircuito de mi mente hubiera originado un incendio metafísico, el mundo y mis figuraciones dejaron de diferenciarse. Creo haber dicho ya que la falta de costumbre a la vida de carpa hace que frecuentemente me despierte por las noches. Es posible i incluso probable que durante esta noche eso no haya pasado, pero no podría afirmarlo.
Recuerdo estar haciendo una recapitulación mental de las hendiduras de la carpa, debido a la presencia de muchos mosquitos. Tantié las paredes de la carpa, pero no había ninguna.
Ahí me di cuenta: entraban por el piso. El piso de la carpa estaba tajeado y seguramente -me dije- era por haber acampado en lugares rocosos. Yo se lo había dicho a JuanBa, pero a veces no hay caso con ese chico.
No había tiempo que perder. Mientras yo pensaba estas cosas se filtraban ya algunas arañas. ¡Arañas, en mi carpa! ¡Jamás! Me apresuré a matarlas y me acosté sobre los agujeros para que no pudiesen entrar. Supuse que algunos bichos habrían quedado, pero ya me encargaría de ellos con la luz diurna. Por lo pronto quería descansar. Me hundí hasta la coronilla en la bolsa de dormir para escaparle al frío. No es muy abrigada que digamos, pero bueno, nada que unos minutos exhalando aire caliente no puedan resolver.
Un gran factor que diferencia la duermevela del sueño es la consciencia del cuerpo; ¡Y cuán consciente era de mi cuerpo! Todo por ese maldito declive. ¿Por qué tuvimos que poner la carpa en un lugar tan inclinado? Es imposible dormir cuando uno se va resbalando hacia un costado de la carpa. Decidí resignarme y esperar a que mi cuerpo se acomode solo, pero sentí que mi cabeza quedaba contra algo duro.
Este fue JuanBa, que deja su mochila en cualquier parte. Salí de mi capullo con la intención de moverla, pero me encontré con un árbol. ¡Había rodado hasta afuera de la carpa! Ay, Dios mio, el agujero que tiene debe ser enorme. Volví a entrar asustadísima y noté que se estaba llenando de bichos. Parecía que la noche iba a ser muy larga, pero en ese momento me pasó por la cabeza la idea de que todos estos sucesos se debiesen a que yo estaba soñando. sólo había una forma de comprobarlo: miré el piso de la carpa, pero los agujeros seguían allí. Al parecer estaba despierta. Suspirando, me volví a acostar, esta vez paralelo al declive de la carpa y no perpendricular, rogando por que el alud de bichos se detuviese.
Casi diría que había alcanzado un estado aceptable de ensoñación, cuando oí ruidos fuera de la carpa.
Asustada, pero harta y decidida cogí el machete y salí de la carpa.
¡Qué fauces, qué diabólica mirada la del perro descomunal que surgió de entre los arbustos! Intentó atacarme, pero le corté la cabeza de un firme machetazo. Al Observarlo detenidamente, noté que se parecía a la cara de Alien, sólo que con pelos en vez de coraza. Oooookeeeeeeeeeeeyyy ¡Basta! ¡Ya entendí que esto es un sueño, así que por favor déjenme utilizarlo para descansar!
Entré a la carpa por enésima vez ¡Pero los malditos agujeros seguían allí en el piso! ¿Será que estoy soñando con esos agujeros? no puede ser... si acaso estaban en la carpa cuando... ¡Un momento! Ya está, ya lo recordé: yo siempre uso aislante para dormir, ¿Cómo podría ver los agujeros del piso de la carpa, si debajo mio debiera haber un aislante? ¡Já, chupate esa, superyo! Nunca las tinieblas de mi mente volverán a acosarme, ahora que he encendido la fatua antorcha de la lógica.
Es increíble que un detalle tan absurdo me haya permitido ''conquistar'' el sueño, pero así fue. Luego de haber razonado así, todas las extravagancias del sueño se tornaron bellísimas. Se hizo de día, salí de la carpa y estaba lleno de gente que venía a pasar un día de picnic. aparecieron mis compañeros de la facu y nos sentamos a una mesa para comer. ¡Qué grandiosa la gente, el calor, la luz del sol!
Nunca la consciencia, la voluntad y la claridad propias de la vigilia se vieron tan confrontadas con la impotencia, la ajenidad y la incerteza inherentes al sueño. Nunca el surrealismo fue tan lógico, nunca la razón careció tanto de sentido. Oh, Dios, nunca el sol fue tanto un alivio como la mañana del 25 de marzo.
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