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Uno está acostumbrado a pensar las semanas como períodos cortos de tiempo, pero la vida tiene momentos de esos que parecen mentira cuando los acotamos a las unidades convencionales de tiempo.
Llegué a Monte Caseros el viernes 26. Estaba medio cansada de hacer dedo y le dije a JuanBa que nos tomemos un colectivo directo. Por suerte las tarifas regionales son baratas (no como en el impiadoso Uruguay) y el colectivo era muy cómodo. Exactamente lo que yo necesitaba luego de un largo período sin tomar transportes.
Monte Caseros... Por fin nos encontrábamos cara a cara. Días hacía que el deseo de llegar a este pueblo había despertado en mí, pero mirar hacia atrás en el tiempo -como ya habrán notado mis lectores -es una actividad que estaba mutando mucho para mí. No pensaba en términos anuales, ni siquiera mensuales; no recordaba cuándo me había ido de Pergamino, ni cuánto hacía que mi hermano y cuñada no tenían noticias nuestras. Por eso el haber llegado a Monte Caseros se me antojaba como la conquista de ese sueño lejano que nos divaga en los rincones más profundos de la mente.
Al poner un pie fuera del colectivo, estaba como tonta. Sinceramente, no podría explicar qué sentía. Le pedí a JuanBa que nos sentemos bajo un árbol a almorzar y no pensé más. Por unos segundos, mi vida se redujo al paulatino bullir del agua. Casi la sentí extraña, cuando la voz de JuanBa penetró por mis oidos como un anzuelo y me arrastró de vuelta al mundo. Me preguntó y ahora qué. Ja, buena pregunta, sobrinito... Y ahora qué...
No le respondí. Comimos en silencio y tras digerir someramente me levanté para averiguar por un camping. Dos en la ribera, nada más. Bueno, no estaba mal después de todo. No sé por qué esperaba otra cosa.
El rio uruguay es bellísimo a esa latitud. Mucho más angosto que en Colón, era un paisaje casi de delta, sobre todo por la abundancia de vegetación. Fue lindo caminar por esa orilla hasta el camping. Su viento fresco me animó un poco. Le pedí disculpas a JuanBa por haber sido tan tajante. Realmente, Monte Caseros me estaba produciendo sensaciones muy raras.
El dueño del camping fue un amor. Nos atendió con calidez, inquirió sobre nuestras andanzas y no se olvidó de presentarnos a su mujer, casi tan parlanchina como él. Mientras nos acompañaba al sitio donde podríamos armar nuestra carpa, destacó que yo me parecía a una hija suya que vivía en Buenos Aires. La mente humana a veces funciona de una forma muy graciosa. A los ojos de Don Nino, yo no podría haber sido ni narcotraficante, ni prostituta, ni mafiosa, sólo porque me parecía a su Rominita. Y no lo estoy diciendo simplemente porque fue cálido con nosotros. Nino nos desnudó su mundo el día mismo que lo conocimos. No pude evitar reirme de mis divagues existenciales cuando nos contó que había salido a recibirnos a la entrada del camping porque de lejos me confundió con su hija. Al parecer la extrañaba mucho.
El sol comenzaba a declinar cuando por fin pudimos armar nuestra carpa. Listo, ya no había más excusas. Y ahora qué... El silencio de JuanBa parecía recordarme esa pregunta. Igual, si lo pienso en frío no había mucho qué dudar. Al día siguiente te levantás, vas a la biblioteca, o a la municipalidad, o al registro civil, o a donde sea, y te ponés a resolver el enigma que corre por tus venas. Bueno, ya está, supongo que de ahora en más pensar va a ser contraproducente. Sólo tengo que actuar, y a lo sumo atar un par de cabos.
Casi al pie de la letra, mi vida de los días subsiguientes se me aparece ahora como un film. En Monte Caseros la gente pesca mucho, muuucho, y la mujer de Nino nos convidaba pescado todos los mediodías (¿Donde habrás estado cuando te necesité, Julio querido?). Al día siguiente de nuestra llegada conocimos a Gilian, un joven estadounidense que había venido a vivir a Argentina para estudiar, y ahora viajaba por el litoral. Gilian resultó ser mucho más social que nosotros, y gracias a él nos enteramos que mi doble astral no era hija única, sino que a falta de uno tenía varios hermanos. Las mejores migas llegaron de la mano de Pedro -y claro, era de nuestra edad -que había pasado unos años en Buenos Aires y llevaba consigo la bohemia metropolitana. Los otros hijos de Nino eran más chicos, por lo que no tuvimos vínculo tan estrecho, pero igual así llegué a encariñarme con ellos. Eran adorables.
Fueron pocos más los hechos trascendentales que configuraron nuestro desenvolvimiento durante ese período. Yo iba diariamente a la biblioteca, al principio para buscar información, y luego de haber confirmado que allí no encontraría nada, porque me sentía cómoda en medio de su silenciosa amabilidad. Además, busqué en la vieja estación de tren, que hoy era un museo, y en el registro civil. En el archivo de diarios y en el bazar de Don Beto Schiffo, en la casa del señor Mujica y entre los descendientes de la familia Schmidt. A veces, JuanBa me acompañaba, pero se notaba que prefería estar con Pedro y Gilian y yo no le insistía mucho. Aunque si debo ser sincera, su compañia me ayudaba mucho. Si durante ese tiempo yo no estallé de la angustia, seguro que fue por tenerlo cerca. Gracias JuanBita, y disculpá si no te lo demostré apropiadamente cuando pude.
Sin embargo, tampoco es que mi vida se redujo a la búsqueda de mi abuela. Como dije, los hechos se me aparecen ahora como un film, y eso no sería posible si el film fuese monótono. Me despertaba temprano y le sebaba mates a Nino mientras pescaba. Aprendí muchas minucias del arte de la pesca esos días. Luego lo levantaba a JuanBa con un desayuno, y nos quedábamos rondando por el camping hasta que apareciese Pedro -que tenía su casa a unas cuadras - o Gilian -que se despertaba como yo pero solía quedarse leyendo o escribiendo a solas. Ese chico me resultó encantador. Era oriundo del estado de Washington, quizás el que más me había llamado la atención desde pequeña, y había venido al país para estudiar ciencias políticas en la Universidad de San Martin. Es un fenómeno curioso ese; si él venía a estudiar acá, tendría un título de la USM y otro de la universidad de su país que facilitaba el intercambio. No me resultó raro, entonces, que me haya contado que en la USM el 40% de los estudiantes son yanquis.
Fue, por lo tanto, un grupo raro el que se armó en ese corto período de tiempo. Cuando me paro a pensar en esto, no puedo evitar recordar el libro Los Puentes de Madison County. Esa magia, esa chispa que se genera cuando las condiciones se prestan (o no) para que los desconocidos fraternizen, en una unión que es quizás el exponente máximo de lo que significar vivir; encarnó en mi con mucha fuerza durante esa semana de principios del otoño de 2010. Tres almitas humanas, tres fosforescencias en el vacío que congeniaron en un rincón anónimo del mundo. Un estudiante de intercambio estadounidense, un adolescente pueblerino y un joven genio que quizo abandonar su vida se encontraron a la orilla de un rio del mundo, sabiendo los tres que no se volverían a ver, teniendo los tres sus vidas y afectos y sueños y projectos, ignorando todos ellos y aún rechazando el pasado de los demás; armaron un humilde grupo cuyo único objetivo era armarse, y lo vivieron con la fuerza animal de quien no especula ni se lamenta. En Madison County el fulgor de ese efímero presente caló hondo en la vida de los amantes e hizo eco en sendos futuros. Estos tres compañeros probablemente ni siquiera se llamarían a si mismos compañeros, y eso lo hace más hermoso aún. Porque ninguno va a volver a pensar en esa situación, y nunca se planteó siquiera un posible interés por recordarla; simplemente se descubrirán a sí mismos un día lejano y por alguna razón que no vendrá al caso volverá a sus memorias esa semana mágica, y el mismo desapego con el que la vivieron les hará ahora recordarla, y quizás hasta les arranque una sonrisita antes de volver a hundirse en el olvido; pero ahí justamente radica su magia, en el hecho de que nadie siquiera lo ve como algo mágico, sino que simplemente lo ve como algo que fue, y quizás fue hermoso mientras era, pero lo que importa es que ya no es, y que ahora hay otras cosas que están siendo y merecen ser vividas con la misma pasión.
Ojo, a todo esto yo también fui parte de ese grupo tan lindo, no se crean que no, pero no fue en mi participación donde aprecié este fenómeno, sino desde la ajenidad. Recuerdo un atardecer, en el que ellos estaban los tres sentados en la escalinata de adoquines que descendía a la orilla, mirando el rio, y a metros nomás había una carpa canadiense erigida al lado de un pino, que glaceaba el suelo con sus ramitas caídas por el otoño naciente. El sol que ya se iba aún llegaba por detrás mio y bañaba todo de naranja: sus espaldas, el pino, la carpa y el rio con la orilla uruguaya en lontananza. Eso era. La atemporalidad de esa imagen es todo lo que espero que el lector perciba de mi vivencia. Uno la ve, y no sabe si esos tres son amigos, si viven allí, siquiera si la carpa es suya, y ni por cerca atina cuál será ese rio del fondo; todo lo que resta por apreciar del cuadro es que están allí, juntos al fin y al cabo.
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Ya es la segunda vez en dos anotaciones del diario que mi discurso se desparrrama y debo cortarlo para volver a empezar (psicoanalizable, ¿no?).
Gilian intentaba constantemente incorporarme a los ''ranchos''. La imagen anterior la corté ahí para que quede bonita, pero la realidad es que luego me llamaron para que vaya con ellos y nos pusimos a jugar al Haki-Sak. Lo habrán visto alguna vez en la televisión; es un pseudodeporte de los hippies californianos que consiste en hacer jueguitos con una pelota (que más bien es una bolsita de arena) y pasarla por cada participante de la ronda sin que se caiga. Jajajaja yo era patética, pero al parecer a los chicos les gustaba que juegue igual. Sobre todo a Gilian. Era placentero tener alguien como él para hablar. En el viaje eran contados los jóvenes que habíamos conocido y menos aún las oportunidades para filosofar que teníamos. Podía hacerlo con JuanBa, obvio, pero se imaginarán que no es lo mismo.
Una de las últimas noches que compartimos (porque Gilian se iba, no nosotros; nuestro destino no era tan certero), me besó. Por boca de JuanBa, ellos sabían que yo había fumado marihuana, pero nunca habían conseguido que fume con ellos. Aparte no tuvieron muchas oportunidades, porque yo solía andar por la mia. Ayy Dios, qué graciosos eran los intentos de Pedro por hacerme fumar. Debo aclarar: Pedro es un chico cuya consciencia política está casi totalmente abocada a la legislación sobre la droga, y le encanta compartir su vicio con el mundo; adorable.
Como era la despedida de Gilian, ese día lo había pasado casi totalmente con ellos, y a la noche accedí a compartir el ''último fasiiiito'' (paráfrasis de nuestro anfitrión). El plan era salir por los bares del pueblo, pero como aún era temprano, decidimos tomar unas cervezas en el camping antes de arrancar. Pedro y JuanBa fueron a comprarlas, y por alguna razón (...) tardaron bastante. Nunca terminé de entender a la naturaleza humana en este aspecto. ¿Ellos realmente habrán planeado la situación que aconteció luego?
Ya he dejado constancia de mi conducta bajo los efectos de la cannabis. Pero en este contexto fue totalmente distinto. No había aire de fiesta -no mientras Gilian y yo estuvimos solos, por lo menos -, y me encontraba mucho más calma. Lenta, quizás sea más honesto. Estábamos en las escalinatas que daban al rio, y podía sentir el cuerpo de Gilian cerca del mio. No se cómo, comencé a contarle sobre la situación com mi abuelo. Al parecer JuanBa había comentado algo, porque Gilian se mostró muy interesado (pero discreto, siempre discreto). No pude evitar victimizarme de a ratos, y fue así que terminó por abrazarme y besarme. No crean que se abusó de mi condición narcótica, no. Más bien fue esa la premisa para que nuestras máscaras mundanas se caigan. ¿Saben? Es algo que pasa mucho últimamente. Los entrelazamientos afectivos de cualquier orden no se dan en el plano convencional; es casi un tabú. Necesitamos una excusa para desnudarnos, sino no lo hacemos. Esta vez fue la marihuana, a veces es el alcohol, y a veces es otra cosa, como acompañar al otro hasta su casa, esperar a que el resto se haya dormido o el espíritu festivo desviado sus miradas. Es un rito, una reivindicación del contacto directo. Gilian no podría haberme manifestado cariño de otro modo.
Calor en los labios; cierro los ojos. No entiendo bien qué está pasando pero sus brazos silencian mi mente. Entonces me dejo llevar... Siento su barba en mi rostro y me siento arrullada. Qué sensación, hacía tiempo que no me sentía tan bien con un hombre.
El transcurso de la noche fue ajeno para mí. En el bar, sentía que Gilian guardaba distancia por respeto hacia mí, pero a mí no me interesaba guardar ninguna impresión y dejé caer mi cuerpo sobre su pecho. La retroactividad de la marihuana es el sueño. Ellos conversaban, yo escuchaba el corazón de Gilian. ¿Qué me pasaba? No lo sé. Nunca estuve tan lejos de mi misma como esa noche. A la madrugada tuve relaciones sexuales con él y el día siguiente no está en mi memoria. Sólo se que cuando Gilian se fue, mi cabeza estaba encandilada por esta pregunta: ¡¿Qué carajo es este juego de pertenencias que se debate dentro mio?! Esa imagen tan bonita de los tres anónimos y la conjunción desapegada de los afectos es una puta mentira para mí, o en todo caso una puta ilusión, pero el caso es que no soy yo, y estoy muy lejos de serlo. Si me preguntan a mí, ese día yo me quería matar. ¿Por qué? ¡Porque nunca pude sacarme de la cabeza que ese congreso irrepetible de anónimos es ajeno a mí, que no es mi vida y que por mucho que me crea ese cuento, tarde o temprano va a terminar y yo me voy a volver a sentir vacía, torturada por la idea de que no soy nada dentro de esas personas, de que no soy nada en ningún lugar! Y bajo la claridad del día el sexo con Gilian se me aparecía como algo horrible, como la máxima expresión de ese desapego que en teoría considero tan sublime pero que a efectos prácticos se lleva siempre un trozo de mi alma. Perdón Gilian, no creas que es así, me hiciste la mujer más feliz del mundo por una noche.
¿Qué es esto Aurora? ¿Qué es esto de salir así tan a los ponchazos de tu hogar y tirarte de cabeza a un mundo enmascarado, donde cada vez que alguien a quien no le importás te dé la espalda vas a echarte a llorar como una niña desamparada? ¿No querías, acaso, conquistar el continente? ¿Es esta tu búsqueda, o quizás sea huida? ¿Canal de tus más altas expectativas o vil caida hacia la negación?
Dirigí mi rumbo hacia Monte Caseros con la fantaseosa ambición de una respuesta, pero el bofetazo que siempre puede esperarse de la realidad no faltó esta vez. Y ese bofetazo no fue simplemente un ''despertate Aurora, acá no hay nada para que vos desentierrres'', sino más bien un ''¿En qué estabas pensando cuando le permitiste a tu mente ilusionarse con los tres datos miserables que tenés de tu abuela?''. Fue grande el desengaño, y más grande aún cuando vi en él no sólo el reflejo de mi búsqueda por la identidad familiar, sino la mia propia.
Hoy no estoy en Monte Caseros. Me fui, sola. JuanBa no tuvo grandes inconvenientes; él es más maduro que yo en muchos aspectos y se que podrá arreglárselas sin mí. No se qué fue de la vida de Julio y Ramón, así como no lo se de todas las vidas que se cruzaron en mi camino. Benditos aquellos que pueden soñar sin problemas. Yo por lo pronto me dispongo a conocer los Esteros del Iberá y, ojalá, ver desde allí las cosas más claras. Seguramente volveré a Pergamino, a esa cotidianeidad que es quizás realmente mia y a pensar en cómo lograr la realización de mi vida que tanto ansío. Porque esta no es la forma, ya lo entendí. No puedo simplemente lanzarme de cara al continente y ver qué pasa. Tengo sueños, ambiciones y proyectos enterrados que no se como encausar. Alguna vez le critiqué a las personas su aparente carencia de interés en escucharse a sí mismas. Ahora me doy cuenta que ellos, sin proponérselo, estaban mucho más en concordancia con sus pulsaciones espirituales que yo con mi voluntad neurótica.
Quisiera superar este miedo a la soledad que tanto me persigue y construirme un hogar totalmente propio. Desde cero. Afuera de Argentina, adentro; es lo mismo. Lo importante es que sea un pequeño rinconcito de mundo donde pueda convivir en paz con mi silencio.
¿Puede hablar el corazón?
¿Encontrará expresión?
¿Quién sabrá cómo respira?
Lo hablado es siempre mentira.
No enturbies el manantial;
calla y bebe su cristal.
Uno está acostumbrado a pensar las semanas como períodos cortos de tiempo, pero la vida tiene momentos de esos que parecen mentira cuando los acotamos a las unidades convencionales de tiempo.
Llegué a Monte Caseros el viernes 26. Estaba medio cansada de hacer dedo y le dije a JuanBa que nos tomemos un colectivo directo. Por suerte las tarifas regionales son baratas (no como en el impiadoso Uruguay) y el colectivo era muy cómodo. Exactamente lo que yo necesitaba luego de un largo período sin tomar transportes.
Monte Caseros... Por fin nos encontrábamos cara a cara. Días hacía que el deseo de llegar a este pueblo había despertado en mí, pero mirar hacia atrás en el tiempo -como ya habrán notado mis lectores -es una actividad que estaba mutando mucho para mí. No pensaba en términos anuales, ni siquiera mensuales; no recordaba cuándo me había ido de Pergamino, ni cuánto hacía que mi hermano y cuñada no tenían noticias nuestras. Por eso el haber llegado a Monte Caseros se me antojaba como la conquista de ese sueño lejano que nos divaga en los rincones más profundos de la mente.
Al poner un pie fuera del colectivo, estaba como tonta. Sinceramente, no podría explicar qué sentía. Le pedí a JuanBa que nos sentemos bajo un árbol a almorzar y no pensé más. Por unos segundos, mi vida se redujo al paulatino bullir del agua. Casi la sentí extraña, cuando la voz de JuanBa penetró por mis oidos como un anzuelo y me arrastró de vuelta al mundo. Me preguntó y ahora qué. Ja, buena pregunta, sobrinito... Y ahora qué...
No le respondí. Comimos en silencio y tras digerir someramente me levanté para averiguar por un camping. Dos en la ribera, nada más. Bueno, no estaba mal después de todo. No sé por qué esperaba otra cosa.
El rio uruguay es bellísimo a esa latitud. Mucho más angosto que en Colón, era un paisaje casi de delta, sobre todo por la abundancia de vegetación. Fue lindo caminar por esa orilla hasta el camping. Su viento fresco me animó un poco. Le pedí disculpas a JuanBa por haber sido tan tajante. Realmente, Monte Caseros me estaba produciendo sensaciones muy raras.
El dueño del camping fue un amor. Nos atendió con calidez, inquirió sobre nuestras andanzas y no se olvidó de presentarnos a su mujer, casi tan parlanchina como él. Mientras nos acompañaba al sitio donde podríamos armar nuestra carpa, destacó que yo me parecía a una hija suya que vivía en Buenos Aires. La mente humana a veces funciona de una forma muy graciosa. A los ojos de Don Nino, yo no podría haber sido ni narcotraficante, ni prostituta, ni mafiosa, sólo porque me parecía a su Rominita. Y no lo estoy diciendo simplemente porque fue cálido con nosotros. Nino nos desnudó su mundo el día mismo que lo conocimos. No pude evitar reirme de mis divagues existenciales cuando nos contó que había salido a recibirnos a la entrada del camping porque de lejos me confundió con su hija. Al parecer la extrañaba mucho.
El sol comenzaba a declinar cuando por fin pudimos armar nuestra carpa. Listo, ya no había más excusas. Y ahora qué... El silencio de JuanBa parecía recordarme esa pregunta. Igual, si lo pienso en frío no había mucho qué dudar. Al día siguiente te levantás, vas a la biblioteca, o a la municipalidad, o al registro civil, o a donde sea, y te ponés a resolver el enigma que corre por tus venas. Bueno, ya está, supongo que de ahora en más pensar va a ser contraproducente. Sólo tengo que actuar, y a lo sumo atar un par de cabos.
Casi al pie de la letra, mi vida de los días subsiguientes se me aparece ahora como un film. En Monte Caseros la gente pesca mucho, muuucho, y la mujer de Nino nos convidaba pescado todos los mediodías (¿Donde habrás estado cuando te necesité, Julio querido?). Al día siguiente de nuestra llegada conocimos a Gilian, un joven estadounidense que había venido a vivir a Argentina para estudiar, y ahora viajaba por el litoral. Gilian resultó ser mucho más social que nosotros, y gracias a él nos enteramos que mi doble astral no era hija única, sino que a falta de uno tenía varios hermanos. Las mejores migas llegaron de la mano de Pedro -y claro, era de nuestra edad -que había pasado unos años en Buenos Aires y llevaba consigo la bohemia metropolitana. Los otros hijos de Nino eran más chicos, por lo que no tuvimos vínculo tan estrecho, pero igual así llegué a encariñarme con ellos. Eran adorables.
Fueron pocos más los hechos trascendentales que configuraron nuestro desenvolvimiento durante ese período. Yo iba diariamente a la biblioteca, al principio para buscar información, y luego de haber confirmado que allí no encontraría nada, porque me sentía cómoda en medio de su silenciosa amabilidad. Además, busqué en la vieja estación de tren, que hoy era un museo, y en el registro civil. En el archivo de diarios y en el bazar de Don Beto Schiffo, en la casa del señor Mujica y entre los descendientes de la familia Schmidt. A veces, JuanBa me acompañaba, pero se notaba que prefería estar con Pedro y Gilian y yo no le insistía mucho. Aunque si debo ser sincera, su compañia me ayudaba mucho. Si durante ese tiempo yo no estallé de la angustia, seguro que fue por tenerlo cerca. Gracias JuanBita, y disculpá si no te lo demostré apropiadamente cuando pude.
Sin embargo, tampoco es que mi vida se redujo a la búsqueda de mi abuela. Como dije, los hechos se me aparecen ahora como un film, y eso no sería posible si el film fuese monótono. Me despertaba temprano y le sebaba mates a Nino mientras pescaba. Aprendí muchas minucias del arte de la pesca esos días. Luego lo levantaba a JuanBa con un desayuno, y nos quedábamos rondando por el camping hasta que apareciese Pedro -que tenía su casa a unas cuadras - o Gilian -que se despertaba como yo pero solía quedarse leyendo o escribiendo a solas. Ese chico me resultó encantador. Era oriundo del estado de Washington, quizás el que más me había llamado la atención desde pequeña, y había venido al país para estudiar ciencias políticas en la Universidad de San Martin. Es un fenómeno curioso ese; si él venía a estudiar acá, tendría un título de la USM y otro de la universidad de su país que facilitaba el intercambio. No me resultó raro, entonces, que me haya contado que en la USM el 40% de los estudiantes son yanquis.
Fue, por lo tanto, un grupo raro el que se armó en ese corto período de tiempo. Cuando me paro a pensar en esto, no puedo evitar recordar el libro Los Puentes de Madison County. Esa magia, esa chispa que se genera cuando las condiciones se prestan (o no) para que los desconocidos fraternizen, en una unión que es quizás el exponente máximo de lo que significar vivir; encarnó en mi con mucha fuerza durante esa semana de principios del otoño de 2010. Tres almitas humanas, tres fosforescencias en el vacío que congeniaron en un rincón anónimo del mundo. Un estudiante de intercambio estadounidense, un adolescente pueblerino y un joven genio que quizo abandonar su vida se encontraron a la orilla de un rio del mundo, sabiendo los tres que no se volverían a ver, teniendo los tres sus vidas y afectos y sueños y projectos, ignorando todos ellos y aún rechazando el pasado de los demás; armaron un humilde grupo cuyo único objetivo era armarse, y lo vivieron con la fuerza animal de quien no especula ni se lamenta. En Madison County el fulgor de ese efímero presente caló hondo en la vida de los amantes e hizo eco en sendos futuros. Estos tres compañeros probablemente ni siquiera se llamarían a si mismos compañeros, y eso lo hace más hermoso aún. Porque ninguno va a volver a pensar en esa situación, y nunca se planteó siquiera un posible interés por recordarla; simplemente se descubrirán a sí mismos un día lejano y por alguna razón que no vendrá al caso volverá a sus memorias esa semana mágica, y el mismo desapego con el que la vivieron les hará ahora recordarla, y quizás hasta les arranque una sonrisita antes de volver a hundirse en el olvido; pero ahí justamente radica su magia, en el hecho de que nadie siquiera lo ve como algo mágico, sino que simplemente lo ve como algo que fue, y quizás fue hermoso mientras era, pero lo que importa es que ya no es, y que ahora hay otras cosas que están siendo y merecen ser vividas con la misma pasión.
Ojo, a todo esto yo también fui parte de ese grupo tan lindo, no se crean que no, pero no fue en mi participación donde aprecié este fenómeno, sino desde la ajenidad. Recuerdo un atardecer, en el que ellos estaban los tres sentados en la escalinata de adoquines que descendía a la orilla, mirando el rio, y a metros nomás había una carpa canadiense erigida al lado de un pino, que glaceaba el suelo con sus ramitas caídas por el otoño naciente. El sol que ya se iba aún llegaba por detrás mio y bañaba todo de naranja: sus espaldas, el pino, la carpa y el rio con la orilla uruguaya en lontananza. Eso era. La atemporalidad de esa imagen es todo lo que espero que el lector perciba de mi vivencia. Uno la ve, y no sabe si esos tres son amigos, si viven allí, siquiera si la carpa es suya, y ni por cerca atina cuál será ese rio del fondo; todo lo que resta por apreciar del cuadro es que están allí, juntos al fin y al cabo.
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Ya es la segunda vez en dos anotaciones del diario que mi discurso se desparrrama y debo cortarlo para volver a empezar (psicoanalizable, ¿no?).
Gilian intentaba constantemente incorporarme a los ''ranchos''. La imagen anterior la corté ahí para que quede bonita, pero la realidad es que luego me llamaron para que vaya con ellos y nos pusimos a jugar al Haki-Sak. Lo habrán visto alguna vez en la televisión; es un pseudodeporte de los hippies californianos que consiste en hacer jueguitos con una pelota (que más bien es una bolsita de arena) y pasarla por cada participante de la ronda sin que se caiga. Jajajaja yo era patética, pero al parecer a los chicos les gustaba que juegue igual. Sobre todo a Gilian. Era placentero tener alguien como él para hablar. En el viaje eran contados los jóvenes que habíamos conocido y menos aún las oportunidades para filosofar que teníamos. Podía hacerlo con JuanBa, obvio, pero se imaginarán que no es lo mismo.
Una de las últimas noches que compartimos (porque Gilian se iba, no nosotros; nuestro destino no era tan certero), me besó. Por boca de JuanBa, ellos sabían que yo había fumado marihuana, pero nunca habían conseguido que fume con ellos. Aparte no tuvieron muchas oportunidades, porque yo solía andar por la mia. Ayy Dios, qué graciosos eran los intentos de Pedro por hacerme fumar. Debo aclarar: Pedro es un chico cuya consciencia política está casi totalmente abocada a la legislación sobre la droga, y le encanta compartir su vicio con el mundo; adorable.
Como era la despedida de Gilian, ese día lo había pasado casi totalmente con ellos, y a la noche accedí a compartir el ''último fasiiiito'' (paráfrasis de nuestro anfitrión). El plan era salir por los bares del pueblo, pero como aún era temprano, decidimos tomar unas cervezas en el camping antes de arrancar. Pedro y JuanBa fueron a comprarlas, y por alguna razón (...) tardaron bastante. Nunca terminé de entender a la naturaleza humana en este aspecto. ¿Ellos realmente habrán planeado la situación que aconteció luego?
Ya he dejado constancia de mi conducta bajo los efectos de la cannabis. Pero en este contexto fue totalmente distinto. No había aire de fiesta -no mientras Gilian y yo estuvimos solos, por lo menos -, y me encontraba mucho más calma. Lenta, quizás sea más honesto. Estábamos en las escalinatas que daban al rio, y podía sentir el cuerpo de Gilian cerca del mio. No se cómo, comencé a contarle sobre la situación com mi abuelo. Al parecer JuanBa había comentado algo, porque Gilian se mostró muy interesado (pero discreto, siempre discreto). No pude evitar victimizarme de a ratos, y fue así que terminó por abrazarme y besarme. No crean que se abusó de mi condición narcótica, no. Más bien fue esa la premisa para que nuestras máscaras mundanas se caigan. ¿Saben? Es algo que pasa mucho últimamente. Los entrelazamientos afectivos de cualquier orden no se dan en el plano convencional; es casi un tabú. Necesitamos una excusa para desnudarnos, sino no lo hacemos. Esta vez fue la marihuana, a veces es el alcohol, y a veces es otra cosa, como acompañar al otro hasta su casa, esperar a que el resto se haya dormido o el espíritu festivo desviado sus miradas. Es un rito, una reivindicación del contacto directo. Gilian no podría haberme manifestado cariño de otro modo.
Calor en los labios; cierro los ojos. No entiendo bien qué está pasando pero sus brazos silencian mi mente. Entonces me dejo llevar... Siento su barba en mi rostro y me siento arrullada. Qué sensación, hacía tiempo que no me sentía tan bien con un hombre.
El transcurso de la noche fue ajeno para mí. En el bar, sentía que Gilian guardaba distancia por respeto hacia mí, pero a mí no me interesaba guardar ninguna impresión y dejé caer mi cuerpo sobre su pecho. La retroactividad de la marihuana es el sueño. Ellos conversaban, yo escuchaba el corazón de Gilian. ¿Qué me pasaba? No lo sé. Nunca estuve tan lejos de mi misma como esa noche. A la madrugada tuve relaciones sexuales con él y el día siguiente no está en mi memoria. Sólo se que cuando Gilian se fue, mi cabeza estaba encandilada por esta pregunta: ¡¿Qué carajo es este juego de pertenencias que se debate dentro mio?! Esa imagen tan bonita de los tres anónimos y la conjunción desapegada de los afectos es una puta mentira para mí, o en todo caso una puta ilusión, pero el caso es que no soy yo, y estoy muy lejos de serlo. Si me preguntan a mí, ese día yo me quería matar. ¿Por qué? ¡Porque nunca pude sacarme de la cabeza que ese congreso irrepetible de anónimos es ajeno a mí, que no es mi vida y que por mucho que me crea ese cuento, tarde o temprano va a terminar y yo me voy a volver a sentir vacía, torturada por la idea de que no soy nada dentro de esas personas, de que no soy nada en ningún lugar! Y bajo la claridad del día el sexo con Gilian se me aparecía como algo horrible, como la máxima expresión de ese desapego que en teoría considero tan sublime pero que a efectos prácticos se lleva siempre un trozo de mi alma. Perdón Gilian, no creas que es así, me hiciste la mujer más feliz del mundo por una noche.
¿Qué es esto Aurora? ¿Qué es esto de salir así tan a los ponchazos de tu hogar y tirarte de cabeza a un mundo enmascarado, donde cada vez que alguien a quien no le importás te dé la espalda vas a echarte a llorar como una niña desamparada? ¿No querías, acaso, conquistar el continente? ¿Es esta tu búsqueda, o quizás sea huida? ¿Canal de tus más altas expectativas o vil caida hacia la negación?
Dirigí mi rumbo hacia Monte Caseros con la fantaseosa ambición de una respuesta, pero el bofetazo que siempre puede esperarse de la realidad no faltó esta vez. Y ese bofetazo no fue simplemente un ''despertate Aurora, acá no hay nada para que vos desentierrres'', sino más bien un ''¿En qué estabas pensando cuando le permitiste a tu mente ilusionarse con los tres datos miserables que tenés de tu abuela?''. Fue grande el desengaño, y más grande aún cuando vi en él no sólo el reflejo de mi búsqueda por la identidad familiar, sino la mia propia.
Hoy no estoy en Monte Caseros. Me fui, sola. JuanBa no tuvo grandes inconvenientes; él es más maduro que yo en muchos aspectos y se que podrá arreglárselas sin mí. No se qué fue de la vida de Julio y Ramón, así como no lo se de todas las vidas que se cruzaron en mi camino. Benditos aquellos que pueden soñar sin problemas. Yo por lo pronto me dispongo a conocer los Esteros del Iberá y, ojalá, ver desde allí las cosas más claras. Seguramente volveré a Pergamino, a esa cotidianeidad que es quizás realmente mia y a pensar en cómo lograr la realización de mi vida que tanto ansío. Porque esta no es la forma, ya lo entendí. No puedo simplemente lanzarme de cara al continente y ver qué pasa. Tengo sueños, ambiciones y proyectos enterrados que no se como encausar. Alguna vez le critiqué a las personas su aparente carencia de interés en escucharse a sí mismas. Ahora me doy cuenta que ellos, sin proponérselo, estaban mucho más en concordancia con sus pulsaciones espirituales que yo con mi voluntad neurótica.
Quisiera superar este miedo a la soledad que tanto me persigue y construirme un hogar totalmente propio. Desde cero. Afuera de Argentina, adentro; es lo mismo. Lo importante es que sea un pequeño rinconcito de mundo donde pueda convivir en paz con mi silencio.
¿Puede hablar el corazón?
¿Encontrará expresión?
¿Quién sabrá cómo respira?
Lo hablado es siempre mentira.
No enturbies el manantial;
calla y bebe su cristal.
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