viernes, 14 de mayo de 2010

7/4

Estoy en Colonia Pellegrini, Corrientes, desde hace 3 días. Es la primera vez en mi vida que viajo sola y ¿Saben? Creo que me encanta. Todos los desequilibrios que asolan mi mente parecen tornarse nocivos sólo cuando no tengo la posibilidad de calmarme y hacer silencio, y esas posibilidades abundan cuando uno viaja solo.
Pensando las cosas en frío, pude interpretar mis sentimientos hacia este viaje desde una óptica más sincera.
Cuando me dije a mí misma que viajar por América sería una realidad, fui presa de un entusiasmo casi infantil. No era para menos, claro, pero aún así fue insensato sacudir los cimientos de mi vida de forma tan brusca.
Abandoné un trabajo que había anhelado por años, dejé de lado mis estudios y casi ni me despedí de muchos serer queridos.
Ojo, tampoco me estoy retractando; no creo que haya un protocolo a seguir para preparar un viaje. Pero me di cuenta que, habiendo vivido toda mi vida en Pergamino y, a lo más, Buenos Aires, y queriendo alejarme de mi tierra natal para viajar por el mundo, el globo titánico, la inabarcable corteza terrestre; no es producente salir a los atropellos a la ruta y ver qué pasa. No. La semilla que es árbol y es fruto no alcanza su realización explotando; trasciende, sublima. A mí me gustaría irme a vivir a otra ciudad. Sería una experiencia hermosa, estudiar ahí y sumergirme en el mundo desde esa perspectiva tan nueva. Pero vamos, esa ruptura con el hogar hay que construirlo, y no hay elisión que valga.
Todas las personas buscan -a lo largo de sus vidas y en mayor o menor medida -dominar la soledad. Hay algo casi del orden de lo genético que nos hace pulsar por un éxito espiritual que nada entiende de patrones sociales. Diría que es un fenómeno moderno. Hoy más que nunca el mestizaje le permite a una persona elegir con soberana libertad la cultura que desea practicar. Nadie que viva en grandes masas urbanas ignora ese sueño de pertenencia que tan profundamente guía nuestras acciones.
Yo todavía no tengo muy en claro a dónde quiero pertenecer. Quizás ya pertenezca, pero no puedo desoir esa vocecita aventurera que me llama a vivir un recomienzo. ¡Por eso, Septentria, olvidate de mí o recordame con una vaga sonrisa; las huellas que mi andar dejó en tu piel se las llevará el viento o serán objeto de curiosidad para un niño que vacaciona con sus padres, pero ya no estaré allí para apreciarlo porque el rumbo de esta joven soñadora virará ahora hacia los bosques de su propia inmensidad!

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