jueves, 20 de mayo de 2010

Volumen 1: La voluntad de saber

En este volumen Foucault se dedicará casi exclusivamente a la introducción de su Historia de la Sexualidad. Es decir, que significa para él la sexualidad, como abordará su historia, mediante que signos, posibles problemas teóricos, período que se abarcará, etc.
Ahora bien, soy de la opinión (Foucault parece compartirla) que para el correcto entendimiento de un pensamiento, teoría, análisis -llamésela como quiera- muchas veces, es necesario hacer tabla rasa o liberarse de ciertas concepciones, o mejor dicho representaciones de concepciones. Este libro está dividido en cinco capítulos, en los cuales la "teoría" o base para su investigación aparece en los últimos dos. ¿Para que están los primeros tres capítulos? Para, justamente, "liberar" la mente del lector, prepararlo para lo que le quiere decir. Foucault es obstinadamente confuso en esos capítulos, intentando a la vez negar la represión del sexo y afirmando la omnipresencia de un poder. ¿Que significa esto? Primero hay que situar este libro históricamente: es publicado en 1976. En el apogeo máximo de las luchas por la liberación sexual, inclusión de minorías sexuales, hippismo, psicoanálisis,etc.
El discurso en boga en esa epóca era básicamente el siguiente: Desde el siglo XVII hasta hoy se ha implantado una fuerte represión al sexo. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. La familia conyugal la confisca y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. Lo que no apunta a la procreación o está transfigurado por ella ya no tiene sitio ni ley. No puede expresarse. Se encuentra a la vez expulsado, negado y reducido al silencio. De aquí en más nos referiremos a este discurso como la hipótesis represiva. Foucault plantea tres dudas a esta hipótesis represiva.

1ra duda: ¿La represión del sexo es en verdad una evidencia histórica? Es decir, ¿se puede afirmar sin lugar a dudas que desde el siglo XVII se ha instaurado o acentuado un régimen represivo sobre el sexo?
2da duda: Los mecanismos del poder ¿pertenecen en lo esencial al orden de la represión? Es decir, ¿el poder es puramente negativo?¿Capaz únicamente de prohibir, censurar o denegar el sexo?
3ra duda: ¿Hay una ruptura histórica entre la edad de la represión y el análisis crítico de la represión? Es decir, si ahora podemos decir que nuestro sexo está reprimido, es ¿porque nos hemos liberado? o ¿formamos parte de la misma red histórica que denunciamos?

¿Que pretende Foucault con estas contrahipótesis? No es tanto la refutación de la hipótesis represiva, sino su inserción como discurso en las sociedades modernas a partir del siglo XVII.

De ahí que el punto esencial (al menos en primera instancia) no sea saber si al sexo se le dice si o no, si se formulan prohibiciones o autorizaciones , si se afirma su importancia o si se niegan sus efectos, si se castigan o no las palabras que lo designan; el punto esencial es tomar en consideración el hecho de que se habla de él, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las instituciones que a tal cosa incitan y que almacenan y difunden de lo que se dice, en una palabra, el "hecho discursivo" global, la "puesta en discurso del sexo".

Prosigamos con este punto y analicemos algunos hitos históricos en cuanto a los discursos del sexo.

Consideremos la evolución de la pastoral católica y del sacramento de penitencia después del Concilio de Trento. Poco a poco se vela la desnudez de las preguntas que formulaban los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de las que aún tenían curso en el siglo XVII. La discreción es recomendada con más y más insistencia. "Esta materia se asemeja a la pez, que de cualquier modo que se la manipule y aunque sólo sea para arrojarla lejos, sin embargo mancha y ensucia siempre." P. Segneri, Lìnstruction du pénitent.
Pero por mucha que la lengua sea pulida, la extensión de la confesión, y de la confesión de la carne, no deja de crecer. De hecho, la Contrarreforma se dedica en todos los países católicos a acelerar el ritmo de la confesión anual, intenta imponer reglas meticulosas de examen de sí mismo. Según la nueva pastoral, el sexo ya no debe ser nombrado sin prudencia; pero sus aspectos, correlaciones y efectos tienen que ser seguidos hasta en sus más finas ramificaciones. "Examinad pues, diligentemente, todas las facultades de vuestra alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad. Examinad también con exactitud todos vuestros sentidos. Examinad aún todos vuestros pensamientos, todas vuestras palabras y todas vuestras acciones. Incluso examinad hasta vuestros sueños, para saber si despiertos no les habéis dado vuestro consentimiento. por último, no estiméis que en esta materia tan lisonjera y peligrosa pueda haber algo insignifcante o ligero." P. Segneri, L'instruction du pénitent.


Este es el primer hito histórico que plantea Foucault. La conminación, el imperativo de confesar todos los pensamientos, sentimientos, deseos que pudieran estar relacionados con el sexo. Es cierto que el lenguaje se cifró, que se determinó entre que locutores era apropiado a hablar de sexo, que esta puesta buscaba efectos prácticos sobre el deseo: efectos de dominio y desapego, efecto de reconversión espiritual de retorno hacia Dios pero lo esencial es que el hombre occidental se haya visto desde hace tres siglos a la tarea de decirlo todo sobre su sexo.

Sigamos con otro ejemplo: el sexo en los colegiales. Hay que aclarar algo antes, cuando Foucault habla de la puesta en discurso del sexo, no se refiere únicamente a las palabras que son dichas explicitamente por tal o cual persona, los silencios forman parte de los discursos.

Pasemos a los colegios del siglo XVII. Globalmente, se puede tener la impresión de que casi no se habla del sexo. Pero basta echar una mirada a los dispositivos arquitectónicos, a los reglamentos de disciplina, y a toda la organización interior, para comprobar que el sexo está siempre presente.
"Art. 67: Habrá siempre en las horas de clase y de estudio un maestro de estudio vigilando el exterior, para impedir a los alumnos que hayan salido por sus necesidades quedarse afuera y reunirse.
Art. 68: Después de la oración de la noche, los alumnos serán llevados al dormitorio donde los maestros los harán acostarse de inmediato.
Art. 69: Los maestros no se acostarán sino después de haberse cerciorado de que cada alumno esté en su lecho.
Art. 70: Los lechos estarán separados por tabiques de dos metros de altura. Los dormitorios permanecerán iluminados durante la noche." Règlament de police pour les lyceés.
En torno al colegial y su sexo prolifera toda una literatura de preceptos, opiniones, observaciones, consejos médicos, casos clínicos, esquemas de reforma, planes para instituciones ideales.


Foucault da más ejemplos: Sade y la literatura escandalosa del siglo XIX; el sexo dentro de los factores económicos de un estado (tasa de natalidad, edad del matrimonio, nacimiento legítimos e ilegítimos, etc.); análisis clínicos y elaboraciones teóricas sobre "perversos". Pero creo que estos dos ejemplos sirven para demostrar el punto de Foucault: Pareciera que desde el siglo XVII los discursos sobre el sexo se han multiplicado. Discursos dentro del poder -no por fuera o contra él-. Así distintas disciplinas obligan a hablar de sexo y oír hablar de él tales como la economía, pedagogía o medicina.

Podemos entonces responder la 1ra duda que Foucault plantea a la hipótesis represivo. ¿Se ha instaurado o acentuado un régimen represivo al sexo desde el siglo XVII? ¿Ha sido masivamente censurado? La respuesta pareciera ser (por ahora al menos) no. Se trata más bien de una incitación a los discursos regulada y polimorfa.


Ahora bien, para poder seguir adelante e intentar responder la 2da duda, es necesario liberarse de cierto tipo de representación de poder (Foucault la llama jurídico-discursiva).

Sus principales características:
-La relación negativa: Entre poder y sexo únicamente se establece una relación negativa. El poder "nada" puede sobre el sexo y sus placeres, salvo decirles no; si algo produce, son ausencias o lagunas; elude elementos, introduce discontinuidades, separa lo que está unido, traza fronteras. Sus efectos adquieren la forma general del límite y la carencia.
-La instancia de la regla: El poder sería, esencialmente, lo que dicta al sexo su ley. Lo que quiere decir, en primer término, que el sexo es colocado por aquel bajo un régimen binario: lícito o ilícito, permitido y prohibido. Lo que quiere decir en segundo lugar, que el poder preescribe al sexo un "orden" que a la vez funciona como forma de intengibilidad: el sexo se descifra a partir de su relación con la ley. Lo que quiere decir, por último, que el poder actúa prununciando la regla: el poder apresa el sexo mediante el lenguaje o más bien por un acto de discurso que crea, por el hecho mismo de articularse, un estado de derecho. Habla, y eso es la regla. La forma pura del poder se encontraría en la función del legislador; y su modo de acción respecto del sexo será de tipo jurídico discursivo
-El ciclo de lo prohibido: no te acercarás, no tocarás, no consumirás, no experimentarás placer, no hablarás, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la sombra y el secreto. El poder no aplicaría al sexo más que una ley de prohibición. Su objetivo: que el sexo renuncie a sí mismo. Su instrumento: la amenaza de un castigo que consistiría en suprimirlo. Renuncia a ti mismo so pena de ser suprimido; no aparezcas si no quieres desaparecer. Tu existencia no será mantenida sino al precio de tu anulación. El poder constriñe al sexo con una prohibición que implanta la alternativa entre dos inexistencias.
-La lógica de la censura: Se supone que este tipo de prohibición adopta tres formas: afirmar que eso no está permitido, impedir que eso sea dicho, negar que eso exista. Formas aparentemente díficiles de conciliar. Pero es entonces cuando se imagina una especie de lógica en cadena que sería característica de los mecanismos de censura: liga lo inexistente, lo ilícito y lo informulable de manera que cada uno sea a la vez principio y efecto del otro: de lo que está prohibido no se debe hablar hasta que esté anulado de la realidad; lo inexistente no tiene derecho a ninguna manifestación, ni siquiera en el orden de la palabra que enuncia su inexistencia; y lo que se debe callar se encuentra prescrito de lo real como lo que está prohibido por excelencia. La lógica del poder sobre el sexo sería la lógica paradójica de una ley que se podría enunciar como conminación a la inexistencia, la no manifestación y el mutismo.
-La unidad de dispositivo: El poder sobre el sexo se ejercería en todos los niveles. De arriba abajo, en sus decisiones globales como en sus intervenciones capilares, cualesquiera que sean los aparatos o las instituciones en las que se apoye, actuaría de manera uniforma y masiva; funcionaría según los engranajes simples e indefinidamente reproducidos de la ley, la prohibición y la censura: del Estado a la familia, del príncipe al padre, del tribunal a la trivialidad de los castigos cotidianos, de las instancias de la dominación social a las estructuras constitutivas del sujeto mismo, se hallaría, en diferente escala, una forma general de poder. Esta forma es el derecho, con el juego de lo lícito y lo ilícito, de la trasngresión y el castigo. Ya lo preste la forma del príncipe que formula el derecho, del padre que la prohíbe, del censor que hace callar o del maestro que enseña la ley, de todos modos se esquematiza el poder en una forma jurídica y se definen sus efectos como obediencia. Frente a un poder que es ley, el sujeto constituido como sujeto -que está "sujeto"- es el que obedece. A la homogeneidad formal del poder a lo largo de esas instancias correspondería, a aquel quien constriñe -ya se trate del súbdito frente al monarca, del ciudadano discípulo frente al maestro-, la forma general de sumisión. por un lado poder legislador, y por el otro, sujeto obediente.


Aquí sería posible introducir la diferenciación que hace Foucault entre sociedad disciplinar y sociedad de control; entre sociedad de sangre y sociedad de sexo. Pero antes que eso, vamos a ver el funcionamiento de técnicas polimorfas de poder, para entender porque el concepto de poder jurídico discursivo no puede ser utilizado en el análisis entre poder y sexo.

Analizaremos cuatro tipo de operaciones que el poder ha ejercido sobre el sexo:
Modo de esepecificación de los individuos: La sodomía -la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de acto prohibido; el autor no era más que su sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás una misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrito sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular.
La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.
Del mismo modo constituyen especies todos esos pequeños perversos que los psiquiatras del siglo XIX entomologizan dándoles extraños nombres de bautismo; existen los exhibicionistas de Lasègue, los fetichistas de Binet, los zoófilos y zooerastas de Krafft-Ebing, los automonosexualistas de Rohleder. La mecánica del poder que persigue a toda esa disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica visible y permanente; la hunde en los cuerpos, la desliza bajo las conductas, la convierte en principio de clasficación y de integibilidad, la constituye en razón de ser y orden natural del desorden.

Líneas de penetración indefinidas: Tomemos como ejemplo la lucha contra el onanismo en los niños. Los pedagogos y los médicos han combatido el onanismo de los niños como a una epidameia que se quiere extinguir. En realidad, a lo largo de esa campaña secular que movilizó el mundo adulto en torno al sexo de los niños, se trató de encontrar un punto de apoyo en esos placeres tenues, constituirlos en secretos (es decir, obligarlos a esconderse para permitirse descubrirlos), remontar su curso, seguirlos desde los orígenes hasta los efectos, perseguir todo lo que pudiera inducirlos o sólo permitirlos; en todas partes donde existía el riesgo de que se manifestaran se instalaron dispositivos de vigilancia, se establecieron trampas para constreñir a la confesión, se impusieron discursos inagotables y correctivos; se alertó a padres y educadores, se sembró en ellos la sospecha de que todos los niños son culpables y el temor de serlo también ellos si no se tornaban bastante suspicaces; se los mantuvo despiertos ante ese peligro recurrente; se les prescribió una conducta y se codificó su pedagogía; en el espacio familiar se anclaron las tomas de contacto de todo un régimen médico-sexual. El "vicio" del niño no es tanto un enemigo como un soporte, es posible designarlo como el mal que se debe suprimir; el necesario fracaso, el extremo encarnizamiento en una tarea bastante vana permiten sospechar que se le exige persistir, proliferar hasta los límites de lo visible y lo invisible, antes que desaparecer para siempre. A lo largo de ese apoyo el poder avanza, multiplica sus estaciones de enlace y sus efectos, mientras que el blanco en el cual deseaba acertar se subdivide y ramifica, hundiéndose en lo real al mismo paso que el poder.
Espirales perpetuas del poder y del placer: El poder, que así toma a su cargo la sexualidad, se impone el deber de rozar los cuerpos; los acaricia con la mirada; intensifica sus regiones; electriza superficies; dramatiza momentos turbados. Abraza con fuerza al cuerpo sexual. Acrecentamiento de las eficacias -sin duda- y extensión del dominio controlado. Pero también sensualización del poder y beneficio del placer. Lo que produce un doble efecto: un impulso es dado al poder por su ejercicio mismo; una emoción recompensa el control vigilante y lo lleva más lejos; la intensidad de la confesión reactiva la curiosidad del interrogador; el placer descubierto fluye hacia el poder que lo ciñe. Pero tantas preguntas acuciantes singularizan, en quien debe responderlas, los placeres que experimenta; la mirada los fija, la atención los aísla y anima. El poder funciona como un mecanismo de llamada, como un señuelo: atrae, extrae esas rarezas sobre las que vela. El placer irradia sobre el poder que lo persigue; el poder ancla el placer que acaba de desembozar. El examen médico, la investigación psiquiátrica, el informe pedagógico y los controles familiares pueden tener por objetivo global y aparente negar todas las sexualidad erráticas o improductivas; de hecho, funcionan como mecanismos de doble impulso: placer y poder. Placer de ejercer un poder que pregunta, vigila, acecha, espía, excava, palpa, seca a la luz; y del otro lado placer que se enciende al tener que escapar de ese poder, al tener que hurlo, engañarlo o disfrzarlo. Poder que se deja invadir por el placer al que da caza; y frente a él, placer que se afirma en el poder de mostrarse, de escandalizar o resistir. Captación y seducción; enfrentamiento y reforzamiento recíproco: los padres y los niños, el adulto y el adolescente, el educador y los alumnos, los médicos y los enfermos, el psiquiatra con su histérica y sus perversos no han dejado de jugar este juego desde el siglo XIX.
Dispositivos de saturación sexual: ¿La familia del siglo XIX era realmente una célula monogámica y conyugal? Tal vez en cierta medida. Pero también era una red placeres-poderes articulados en puntos múltiples y con relaciones transformables. La separación de los adultos y de los niños, la polaridad establecida entre el dormitorio de los padres y el de los hijos (que llegó a ser canónica en el curso del siglo, cuando se emprendió la construcción de alojamientos populares), la segregación relativa de varones y muchachas, las consignas estrictas de los cuidados debidos a los lactantes (lactancia maternal, higiene), la atención despertada sobre la sexualidad infantil, los supuestos peligros de la masturbación, la importancia acordada a la pubertad, los métodos de vigilancia sugeridos a los padres, las exhortaciones, los secretos y los miedos, la presencia a la vez valorada y temida de los sirvientes: todo ello hacía de la familia, incluso reducida a sus dimensiones más pequeñas, una red compleja, saturada de sexualidades múltiples, fragmentarias y móviles. Reducirlas a la relación conyugal, sin perjuicio de proyectar ésta, en forma de deseo prohibido, sobre los hijos, no alcanza a dar razón de ese dispositivo que era, respecto a esas sexualidades, menos principio de inhibición que mecanismo incitador y multiplicador. Las instituciones escolares o psiquiátricas, con su población numerosa, su jerarquía, sus disposiciones espaciales, sus sistemas de vigilancia, constituían, junto a la familia, otra manera de distribuir el juego de los poderes y los placeres; pero dibujaban regiones de alta saturación sexual. Las formas de una sexualidad no conyugal, no heterosexual, no monógama, son así llamadas e instaladas.

Creo que se entiende la necesidad de liberarse de la noción de un poder jurídico-discursivo. Se ve en estas operaciones que el poder no funciona como ley ni sus efectos son de prohibición.
Este poder procede por desmultiplicación de sexualidades singulares. No fija fronteras a la sexualidad; prolonga sus diversas formas, persiguiéndolas según líneas de penetración indefinidas. No la excluye, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos; no intenta esquivarla; atrae sus variedades mediante espirales en las que placer y poder se refuerzan; no establece barreras; dispone de lugares de máxima saturación. Produce y fija la disparidad sexual

Podemos entonces responder la 2da duda de Foucault: la mecánica del poder ¿pertenece en lo escencial al orden de la represión? ¿La prohibición, la denegación y la censura son las formas según las cuales se ejerce el poder en nuestra sociedad?
La respuesta parecería ser no, nunca tantos centros de poder; jamás tanta atención manifiesta y prolija; nunca tantos contactos y lazos circulares; jamás tantos ámbitos donde se encienden para diseminarse más lejos, la intensidad de los goces y la obstinación de los poderes.

Antes de intentar responder la 3ra y última duda de Foucault a la hipótesis represiva vamos a sumergirnos en el 5to capítulo del libro "Derecho de muerte y poder sobre la vida", donde el autor se explaya en la diferenciación entre sociedad de sangre (nobleza) y sociedad de sexo (burguesía) y su representación en el derecho de muerte y poder sobre la vida respectivamente.

El soberano no ejerce su derecho sobre la vida sino poniendo en acción su derecho de matar, o reteniéndolo ; no indica su poder sobre la vida sino en virtud de la muerte que puede exigir. El derecho que se formula como "de vida y muerte" es en realidad el derecho de hacer morir o dejar vivir. Después de todo, era simbolizado por la espada. Y quizás haya que referir esa forma jurídica a un tipo histórico de sociedad en donde el poder se ejercía esencialmente como instancia de deducción, mecanismo de sustracción, derecho de apropiarse de una parte de las riquezas, extorsión de productos, de bienes, de servicios, de trabajo y de sangre, impuesto a los súbditos. El poder era ante todo derecho de apropiación; de las cosas, del tiempo, de los cuerpos y finalmente de la vida; culminaba en el privilegio de apoderarse de esta última para suprimirla.
Este derecho de muerte, propio más bien de sociedades antiguas y nobiliarias, tenía una profunda relación con la "sangre" como realidad con función simbólica.
Para una sociedad en la que eran preponderantes los sistemas de alianza, la forma política del soberano, la diferenciación en órdenes y castas, el valor de los linajes; para una sociedad donde el hombre, las epidemas y las violencias hacían inminente la muerte, la sangre constituía uno de los valores esenciales: su precio provenía a la vez de su papel instrumental (poder derramar la sangre), de su funcionamiento en el orden de los signos (poseer determinada sangre, ser de la misma sangre, aceptar arriesgar la sangre y también de su precariedad (fácil de difundir, sujeta a agotarse, demasiado pronta para mezclarse, rápidamente susceptible de corromperse). El poder habla a través de la sangre.

Esta sería a grandes rasgos la sociedad disciplinar de Foucault. Una sociedad donde reina el sistema jurídico de la ley. A quienes transgreden la ley responde, al menos como último recurso, con la muerte. En contraposición encontramos la sociedad moderna occidental, Foucault la llama sociedad de control y la asocia con el sexo.

Las deducciones ya no son la forma mayor, sino sólo una pieza entre otras que poseen funciones de incitación, de reforzación, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que someten: un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas. A partir de entonces el derecho de muerte tendió a desplazarse, o al menos a apoyarse en las exigencias de un poder que administra la vida, y a conformarse a lo que reclaman dichas exigencias
Concretamente, ese poder sobre la vida se desarrolló desde el siglo XVII en dos formas principales; no son antitéticas, más bien constituyen dos polos de desarrollo enlazados por todo un haz intermedio de relaciones. Uno de los polos, al parecer el primero en formarse, fue centrado en el cuerpo como máquina: su adiestramiento, el aumento de sus aptitudes, la extorsión de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y su docilidad, su integración en sistemas de control eficaces y económicos, todo ello quedó asegurado por procedimientos de poder característicos de las disciplinas anatomopolítica del cuerpo humano. El segundo polo, formado algo más tarde, hacia mediados del siglo XVII, se centró en el cuerpo-especie, en el cuerpo transido por la mecánica de lo viviente y que sirve de soporte a los procesos biólogicos: la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, con todas las condiciones que pueden hacerlos variar. Todos esos problemas son tomados a su cargo por una serie de intervenciones y de controles reguladores: una biopolítica de la población. Las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población constituyen los dos polos alrededor de los cuales se desarrolló la organización del poder sobre la vida. El establecimiento, durante la edad clásica, de esa gran tecnología de doble faz -anatómica y biológica, individualizante y especificante, vuelta hacia las realizaciones del cuerpo y atenta a los procesos de la vida- caracteriza un poder cuyo más alta función desde entonces no es ya quizás la de matar sino la de invadir la vida enteramente. Se inicia así la era de un biopoder.
Otra consecuencia del desarrollo del biopoder es la creciente importancia adquirida por el juego de la norma a expensas del sistema jurídico de la ley. La ley no puede no estar armada, y su arma por excelencia es la muerte. La ley se refiere siempre a la espada. Pero un poder que tiene como tarea tomar la vida a su cargo necesita mecanismos continuos reguladores y coercitivos. Ya no se trata de hacer jugar la muerte en el campo de la soberanía, sino de distribuir lo viviente en un dominio de valor y utilidad. Un poder semejante debe cualificar, medir, apreciar y jerarquizar, más que manifestarse en su brillo asesino; no tiene que trazar la línea que separa a los súbditos obedientes de los enemigos del soberano; realiza distribuiciones en torno a la norma. No quiero decir que la ley se desdibuje ni que las instituciones de justicia tiendan a desaparecer, sino que la ley funciona siempre más como una norma, y que la institución judicial se integra cada vez más en un continuum de aparatos (médicos, administrativos, etc.) cuyas funciones son sobre todo reguladoras. Una sociedad normalizadora fue el efecto histórico de una tecnología de poder centrada en la vida.
Sobre ese fondo puede comprenderse la importancia adquirida por el sexo como reto del juego político. Se sitúa en el cruce de dos ejes, a lo largo de los cuales se desarrolló toda la tecnología política de la vida. Por un lado depende de las disciplinas del cuerpo: adiestramiento, intesificación y distribuición de las fuerzas, ajuste y economía de las energías. Por el otro, participa de la regulación de las poblaciones, en razón de todos los efectos globales que induce. Se inserta simultáneamente en ambos registros; da lugar a vigilancias infinitesimales, a control de todos los instantes, a reorganizaciones espaciales de una meticulosidad extrema, a exámenes médicos o psicológicos indefinidos, a todo un micropoder sobre el cuerpo; pero también da lugar a medidas masivas, a estimaciones estadísticas, a intervenciones que apuntan al cuerpo social por entero, o a grupos tomados en su conjunto. El sexo es, a un tiempo, acceso a la vida del cuerpo y a la vida de la especie. Es utilizado como matriz de las disciplinas y principio de las regulaciones. De uno a otro polo de esta tecnología del sexo se escalona toda una serie de tácticas diversas que en proporciones variadas combinan el objetivo de las disciplinas del cuerpo y el de la regulación de las poblaciones. De una manera general, en la unión del "cuerpo" y la "población", el sexo se convirtió en blanco central para un poder organizado alrededor de la gestión de vida más que de la amenaza de muerte.
Estamos en una sociedad de sexo o, mejor, de sexualidad: los mencanismos del poder se dirigen al cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar; a lo que refuerza la especie, su vigor, su capacidad de dominar o su utilidad para ser utilizada. Salud, progenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad del cuerpo social, el poder habla de la sexualidad y a la sexualidad; esta no es marca o símbolo, es objeto y blanco. Y lo que determina su importancia es menos su rareza o precariedad que su insistencia, su presencia insidiosa, el hecho de que en todas partes sea a la vez encendida y temida. El poder la dibuja, la suscita y utiliza como el sentido proliferante que siempre hay que mantener bajo control para que no se escape; es un efecto con valor de sentido.


Así estarían marcadas dos tipos de sociedades históricas:
Como se ve, si hay algo que esté del lado de la ley, de la muerte, de la transgresión, de lo simbólico y de la soberanía, ese algo es la sangre; la sexualidad está del lado de la norma, del saber, de la vida, del sentido, de las disciplinas y las regulaciones
Esto no quiere decir que se haya producido una total ruptura histórica, durante mucho tiempo sanguinidad y sexualidad convivieron. Tampoco que todas las características de la sociedad disciplinar hayan desaparecido de la sociedad de control o que la sustitución de la sangre por el sexo resuma todas las transformaciones que marcan la modernidad.


Sigamos ahora con la 3ra duda que plantea Foucault a la hipótesis represiva: El discurso crítico que se dirige a la represión ¿viene a cerrarle el paso a un mecanismo de poder que hasta entonces había funcionado sin discusión o bien forma parte de la misma red histórica de lo que denuncia (y sin duda disfraza) llamándolo "represión"?¿Hay una ruptura histórica entre la red de la represión y el análisis crítico de la represión?
Para responder a esta pregunta vamos a tomar el concepto de confesión en la sociedad occidental y como nos vemos "condicionados" por él (el término de condicionamiento no aparece explícitamente en el libro, pero creo que ayudará a entender la formación discursiva de los sujetos).

Al menos desde la Edad Media, las sociedades occidentales colocaron la confesión entre los rituales mayores de los cuales, se espera la producción de la verdad: reglamentación del sacramento de la penitencia por el Concilio de Letrán, en 1215, desarrollo consiguiente de las técnicas de confesión, retroceso en la justicia criminal de los procedimientos acusatorios, desaparición de ciertas pruebas de culpabilidad (juramentos, duelos, juicios de Dios) y desarrollo de los métodos de interrogatorio e investigación, parte cada vez mayor de la administración real en la persecución de las infracciones, y todo ello a expensas de los procedimientos de transacción privada, constitución de los tribunales de inquisición: todo esto contribuyó a dar a la confesión un papel central en el orden de los poderes civiles y religiosos. La confesión de la verdad se inscribió en el corazón de los procedimientos de individualización por parte del poder.
Desde entonces hemos llegado a ser una sociedad singularmente confesante. La confesión difundió hasta muy lejos sus efectos: en la justicia, en la medicina, en la pedagogía, en las relaciones familiares, en los ritos más solemnes; se confiesan los crímenes, los pecados, los pensamientos y deseos, el pasado y los sueños, la infancia; se confiesan las enfermedades y las miserias; la gente se esfuerza en decir con la mayor exactitud lo más díficil de decir, y se confiesa en público y en privado, a padres, a educadores, médicos, seres amados; y, en el placer o en la pena, uno se hace a sí mismo confesiones imposibles de hacer a otro, y con ellos escribe libros. La más desarmada ternura, así como el más sangriento de los poderes, necesitan la confesión. El hombre, en Occidente, ha llegado a ser un animal de confesión.
De aquí se deriva, sin duda, una metamorfosis en la literatura: del placer de contar y oír, centrado en el relato histórica o maravilloso de las "pruebas" de valentía o santidad, se pasó a una literatura dirigida a la infinita tarea de sacar del fondo de uno mismo, entre las palabras, una verdad que la forma misma de la confesión refleja como lo inaccesible. De ahí, también, esta otra manera de filosofar: buscar la relación fundamental con lo verdadero no simplemente en uno mismo -en algún saber olvidado o en cierta huella originaria sino en el examen de uno mismo, que libera, a través de tantas impresiones fugitivas, las certidumbres fundamentales de la conciencia. La obligación de confesar nos llega ahora desde tantos puntos diferentes, está tan profundamente incorporada a nosotros, que no la percibimos ya como el efecto de un poder que nos constriñe; al contrario, nos parece que la verdad, en lo más secreto de nosotros mismos, sólo "pide" salir a la luz; que si no lo hace es porque una coerción la retiene, porque la violencia de un poder pesa sobre ella, y no podrá articularse al fin sino al precio de una especia de liberación.
Es preciso que uno mismo haya caído en la celada de esta astucia interna de la confesión para que preste un papel fundamental de la censura, a la prohibición de decir y de pensar; también es necesario haberse construido una representación harto invertida del poder para llegar a creer que nos hablan de libertad todas esas voces que en nuestra civilización, desde hace tanto tiempo, repiten la formidable conminación de decir lo que uno es, lo que ha hecho, lo que recuerda y lo que ha olvidado, lo que esconde y lo que se esconde, lo que uno no piensa y lo que piensa no pensar. Inmensa obra a la cual Occidente sometió a generaciones a fin de producir -mientras otras formas de trabajo aseguraban la acumulación del capital- la sujeción de los hombres, quiero decir: su constitución como "sujetos", en los dos sentidos de la palabra.


Así vemos como el poder, recuérdese el rechazo del poder jurídico-discursivo, constituye y condiciona los "sujetos" y al hacerlo constituye y condiciona nuestros discrusos. Probablemente no se termine de entender el concepto de Foucault de "poder". Este será explicado en el análisis del capítulo 4: "El dispositivo de sexualidad". Veamos ahora la relación planteada entre confesión y sexo en la producción de discursos y el saber sobre el sexo.

La confesión fue y sigue siendo hoy la matriz general que rige la producción del discurso verdadero sobre el sexo. Ha sido, no obstante, considerablemente transformada. Durante mucho tiempo permaneció sólidamente encastrada en la práctica de la penitencia. Pero poco a poco, después del protestantismo, la Contrarreforma, la pedagogía del siglo XVII y la medicina del siglo XIX, perdió su ubicación ritual y exclusiva; se difundió; se la utilizó en toda una serie de relaciones: niños y padres, alumnos y pedagogos, enfermos y psiquiatras, delincuentes y expertos. Las formas que adquirió: interrogatorios, consultas, relatos autobiográficos, cartas, fueron consignados, transcritos, reunidos en expedientes, publicados y comentados. Pero, sobre todo, la confesión se abrió, si no a otros dominios, al menos a nueva maneras de recorrerlos. Ya no se trata de decir lo que se hizo -el acto sexual- y cómo, sino de restituir en él y en torno a él los pensamientos, las obsesiones que lo acompañan, las imágenes, los deseos, las modulaciones y la calidad del placer que lo habitan. Por primera vez, sin duda, una sociedad se inclinó para solicitar y oír la confidencia misma de los placeres individuales.
Así las sociedades occidentales comenzaron a llevar el indefinido registro de sus placeres. Establecieron su herbolario, instauraron su clasificación; describieron las deficiencias cotidianas tanto como las rarezas o las exasperaciones. Fue un momento importante: era el momento en que los placeres más singulares eran llamados a formular sobre sí mismos un discurso de verdad que ya no debía articularse con el que habla del pecado y la salvación, de la muerte y la eternidad, sino con el que habla del cuerpo y de la vida -con el discurso de la ciencia-. Había motivos para hacer temblar las palabras; se constituía entonces esta cosa improbable: una ciencia-confesión, una ciencia que se apoyaba en los rituales de la confesión y en sus contenidos, una ciencia que suponía esa extorsión, múltiple e insistente y se daba como objeto lo incofesable-confesado.


Foucault describe en 5 características la constitución de esta "ciencia" sexual basada en la confesión ( él la denomina scientia sexualis).

1. Por una codificación clínica del "hacer hablar":
Combinar la confesión con el examen, el relato de sí mismo con el despliegue de un conjunto de signos y síntomas descifrables; el interrogatorio, el cuestionario apretado, la hipnosis con la rememoración de recuerdos, las asociaciones libres: otros tantos medios para reinscribir el procedimiento de la confesión en un campo de observaciones científicamente aceptables.

2. Por el postulado de una causalidad general y difusa:
El deber decirlo todo y el poder interrogar acerca de todo encontrarán su justifación en el principio de que el sexo está dotado de un poder causal inagotable y polimorfo. Al más discreto acontecimiento en la conducta sexual -un accidente o desviación, déficit o exceso- se lo supone capaz de acarrear las consecuencias más variadas a lo largo de toda la existencia; no hay enfermedad o trastorno físico al cual el siglo XIX no le haya imaginado por lo menos una parte de etiología sexual. De los malos hábitos de los niños a las tisis de los adultos, a las apoplejías de los viejos, a las enfermedades nerviosas y a las degeneraciones de la raza, la medicina de entonces tejió toda una red de causalidad sexual. Esta causalidad puede parecernos fantástica: el principio del sexo como "causa de todo y de cualquier cosa" es el reverso teórica de una exigencia técnica: hacer funcionar en una práctica de tipo científico los procedimientos de una confesión que debía ser total, meticulosa y constante. Los peligros ilimitados que el sexo conlleva justifican el carácter exhaustivo de la inquisición a la cual es sometido.

3. Por el principio de una latencia intrínseca a la sexualidad:
Si hay que arrancar la verdad del sexo con la técnica de la confesión, no sucede así simplemente porque sea díficil de decir o esté bloqueada por las prohibiciones de la decencia, sino porque el funcionamiento del sexo es oscuro, porque está en su naturaleza escapar siempre, porque su energía y sus mecanismos se escabullen, porque su poder causal en en parte clandestino. Al integrarla a un proyecto de discurso científico, el siglo XIX desplazó la confesión; ésta tiende a no versar ya sobre lo que el sujeto desaría esconder, sino sobre lo que está escondido para él mismo y que no puede salir a la luz sino poco a poco y merced al trabajo de una confesión en la cual, cada uno por su lado, participan el interrogador y el interrogado. El principio de una latencia esencial a la sexualidad permite articular en una práctica científica la obligación de una confesión díficil. Es preciso arrancarla, y por la fuerza, puesto que se esconde.

4. Por el método de la interpretación:
Si hay que confesar no es sólo porque el confesor tenga el poder de perdonar, consolar y dirigir, sino porque el trabajo de producir la verdad, si se quiere validarlo científicamente, debe pasar por esa relación. La verdad no reside en el sujeto solo que, confesando, la sacaría por entero a la luz. Se constituye por partida doble: presente, pero incompleta, ciega ante sí misma dentro del que habla, sólo puede completarse en aquel que la recoge. A éste le toca decir la verdad de esa verdad oscura: hay que acompañar la revelación de la confesión con el desciframiento de lo que dice. El que escucha no será sólo el dueño del perdón, el juez que condena o absuelve; será el dueño de la verdad. Su función es hermenéutica. Respecto a la confesión, su poder no consiste sólo en exigirla, antes de que haya sido hecha, o en decidir, después de que ha sido proferida; consiste en constituir, a través de la confesión y descifrándola, un discurso de verdad. Al convertir la confesión no ya en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la posibilidad de hacer funcionar los procedimientos de la confesión en la formación regular de un discurso científico.

5. Por la medicalización de los efectos de la confesión:
La obtención de la confesión y sus efectos son otra vez cifrados en la forma de operaciones terapéuticas. Lo que significa en primer lugar que el dominio del sexo ya no será colocado sólo en el registro de la falta y el pecado, del exceso o de la transgresión, sino -lo que no es más que una transposición- bajo el régimen de lo normal y de lo patológico, por primera vez se define una morbilidad propia de lo sexual; el sexo aparece como un campo de alta fragilidad patológica: superficie de repercusión de las otras enfermedades, pero también foco de una nosografía propia, la del instinto, las inclinaciones, las imágenes, el placer, la conducta. Ello quiere decir que la confesión adquirirá su sentido y su necesidad entre las intervenciones médicas: exigida por el médico, necesaria para el diagnóstico y por sí misma eficaz para la curación. Lo verdadero cura, siempre y cuando sea dicho a tiempo a quien hay que decírselo y formulado por quien es a la vez el detentor y el responsable.


Podemos ahora responder la 3ra duda de Foucault:
Lo importante es que el sexo no haya sido únicamente una cuestión de sensación y de placer, de ley o interdicción, sino también de verdad y de falsedad; que la verdad del sexo haya llegado a ser algo esencial, útil o peligroso, preciosos o temible; en suma, que el sexo haya sido constituido como una apuesta en el juego de la verdad. Lo que hay que localizar, pues, no es el umbral de una racionalidad nueva cuyo descubrimiento correspondería a Freud -o a algún otro-, sino la formación pregresiva (y también las transformaciones) de ese "juego de la verdad y del sexo" que nos legó el siglo XIX y del cual nada prueba que nos hayamos liberado. Empresa que no data del siglo XIX, aún si entonces le prestó forma singular el proyecto de una ciencia.

Por último veamos ahora el proyecto que Foucault senta bases en el capítulo 4: "El dispositivo de sexualidad"

Entre cada uno de nosotros y nuestro sexo, Occidente tendió una incesante exigencia de verdad: a nosotros nos toca arrancarle la suya, puesto que la ignora; a él, decirnos la nuestra, puesto que la posee en la sombra. ¿Oculto el sexo?¿Escondido por nuevos pudores, metido en la chimenea por las tristes exigencias de la sociedad burguesa? Al contrario: incandescente. Hace ya varios cientos de años fue colocado en el centro de una formidable "voluntad de saber". Instancia doble, pues estamos constreñidos a saber que pasa con él, mientras se sospecha que él sabe que es lo que pasa con nosotros.
Determinada pendiente nos ha conducido, en unos siglos, a formular al sexo la pregunta acerca de lo que somos. Y no tanto al sexo-naturaleza (elemento del sistema de lo viviente, objeto para una biología), sino al sexo-historia, o sexo-significación; al sexo-discurso. Nos colocamos nosotros mismos bajo el signo del sexo, pero más bien de una
lógica del sexo que de una física. Tal lógica sirve de clave universal cuando se trata de saber quiénes somos. El sexo, razón de todo.
No hay que plantear la pregunta:¿por qué, pues, el sexo es tan secreto?¿Qué fuerza es esa que tanto tiempo lo redujo al silencio y que apenas acaba de aflojarse, permitiéndonos quizá interrogarlo, pero siempre a partir y a través de su represión?
Conviene, pues, preguntar antes que nada:¿Cuál es esa conminación?¿Por qué esa gran caza de la verdad del sexo, de la verdad en el sexo?
Hay que hacer la historia de esa voluntad de verdad, de esa petición de saber que desde hace ya tantos siglos refleja el sexo como un espejo: la historia de una terquedad y un encarnizamiento. Más allá de sus placeres posibles, ¿qué le pedimos al sexo, para obstinarnos así?¿Qué es esa paciencia o avidez de constituirlo en el secreto, la causa omnipotente, el sentido oculto, el miedo sin respiro?¿Y por qué la tarea de descubrir la díficil verdad se mudó finalmente en una invitación a levantar las prohibiciones y desatar las ligaduras?¿era pues tan arduo el trabajo, que había que hechizarlo con esa promesa?¿O ese saber había llegado a tener tal precio -político, económico, ético- que fue necesario, para sujetar a todos a él asegurarle no sin paradoja que allí se encontraría la liberación?
Para situar las investigaciones futuras he aquí algunas proposiciones generales concernientes al método, al campo que es preciso explorar y a las periodizaciones que es posible admitir provisionalmente.


Para poder entender la investigación que Foucault propone es preciso explicar su concepto de poder.

Por poder no quiero decir "el Poder", como conjunto de instituciones y aparatos que garantizan la sujeción de los ciudadanos en un Estado determinado. Tampoco indico un modo de sujeción que, por oposición a la violencia, tendría la forma de la regla. Finalmente, no entiendo por poder un sistema general de dominación ejercida por un elemento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos, merced a sucesivas derivaciones, atravesarían el cuerpo social entero. El análisis en términos de poder no debe postular, como datos iniciales, la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad global de una dominación; estos son más bien formas terminales. Me parece que por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del campo en el que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes los transforma, los refuerza, los invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los desniveles, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley en las hegemonías sociales. La condición de posibilidad del poder, en todo caso el punto de vista que permite vovler inteligible su ejercicio (hasta en sus efectos más periféricos), y que también permite utilizar sus mecanismos como cuadrícula de integibilidad del campo social, no debe ser buscado en la existencia primera de un punto central, en un foco único de soberanía del cual irradiarían formas derivadas y descendientes; son los cimientos móviles de las relaciones de fuerza los que sin cesar inducen, por su desigualdad, estados de poder -pero siempre locales e inestables-. Omnipresencia del poder: no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino porque se está produciendo a cada instante, en todos los puntos, o más bien en toda relación de un punto a otro. El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes.
Hay que ser nominalista, sin duda: el poder no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada.
Siguiendo esa línea, se podría adelantar cierto número de proposiciones:
- Que el poder no es algo que se adquiera, arranque o comparta, algo que se conserve o se deje escapar; el poder se ejerce a partir de innumerables puntos y en el juego de relaciones móviles y no igualitarias.
- Que las relaciones de poder no están en posición de exterioridad respecto de otro tipo de relaciones (procesos económicos, relaciones de conocimiento, relaciones sexuales), sino que son inmanentes; constituyen los efectos inmediatos de las particiones, desigualdades y desequilibrios que se producen, y, recíprocamente, son las condiciones internas de tales diferenciaciones; las relaciones de poder no se hallan en posición de superestructura, con un simple papel de prohibición o reconducción; desempeñan, allí en donde actúan, un papel directamente productor.
- Que el poder viene de abajo; es decir, que no hay en el principio de las relaciones de poder, y como matriz general, una oposición binaria y global entre dominadores y dominados, refléjandose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada vez más restringidos, hasta las profundidades del cuerpo social. Más bien hay que suponer que en las relaciones de fuerza múltiples que se forman y actúan en los aparatos producción, las familias, los grupos restringidos y las instituciones, sirven de soporte a amplios efectos de escisión que recorren el conjunto del cuerpo social. Estos forman entonces una línea de fuerza general que atraviesa los enfrentamientos locales y los vincula; de rechazo, por supuesto, estos últimos proceden sobre aquellos o establecen redistribuciones, alineamientos, homogeneizaciones, arreglos de serie, líneas de convergencia. Las grandes dominaciones son los efectos hegemónicos sostenidos continuamente por la intensidad de todos los enfrentamientos.
- Que las relaciones de poder son a la vez intencionales y no subjetivos. Si, de hecho, son inteligibles, no se debe a que sean el efecto, en términos de causalidad, de una instancia distinta que las "explicaría", sino a que están atravesadas de parte a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza sin una serie de miras y objetivos. Pero ello no significa que resulta de la opción o decisión de un sujeto individual; no busquemos el estado mayor que gobierna su racionalidad. Ni la casta que gobierna, ni los grupos que controlan los aparatos del Estado, ni los que toman las decisiones económicas más importantes administran el conjunto de la red de poder que funciona en una sociedad (y que la hace funcionar); la racionalidad del poder es la de las tácticas a menudo muy explícitas en el nivel que se inscriben -cinismo local del poder-, que encadenándose unas con otras, solicitándose mutuamente y propagándose, encontrando en otras partes sus apoyos y su condición dibujen finalmente dispositivos de conjunto: ahí la lógica es aún perfectamente clara, las miras descifrables y, sin embargo, sucede que no hay nadie para concebirlas y muy pocos para formularlas: carácter implícito de las grandes estrategias anónimas, casi mudas, que coordinan tácticas locuaces cuyos "inventores" o responsables frecuentemente carecen de hipocresía.
- Que donde hay poder hay resistencia, y no obstante (precisamente por ésto), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder. ¿Hay que decir que se está necesariamente "en" el poder, que no es posible "escapar" de él, que no hay, en relación con él, exterior absoluto, puesto que se estaría inevitablemente sometido a la ley? ¿O que, siendo la historia la astucia de la razón, el poder sería la astucia de la historia, el que siempre gana? Eso sería desconocer el carácter estrictamente relacional de las relaciones de poder. No pueden existir más que en función de una multiplicidad de puntos de resistencia: éstos desempeñan en las relaciones de poder el papel de adversario, de blanco, de apoyo, de saliente en el que sujetarse. Los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la red de poder. Respecto del poder no existe, pues, un lugar del gran Rechazo -alma de la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del revolucionario-. Pero hay varias resistencias que constituyen excepciones, casos especiales: posibles, necesarias, improbables, espontáneas, salvajes, solitarias, concertadas, rastreras, violentas, irreconciliables, rápidas para la transacción, interesadas o sacrificadas; por definición, no pueden existir sino en el campo estratégico de las relaciones de poder. Pero ello no significa que sólo sean su contrapartida, la marca en huevo de un vaciado del poder, formando respecto de la escencial dominación un revés finalmente siempre pasivo, destinado a la indefinida derrota. Constituyen el otro término en las relaciones de poder; en ellos se inscriben como el irreductible elemento enfrentador. Las resistencias también, pues, están distribuidas de manera irregular: los puntos, los nudos, los focos de resistencia se hallan diseminados con más o menos densidad en el tiempo y en el espacio, llevando a lo alto a veces grupos o individuos, de manera definitiva, encendiando algunos puntos en el cuerpo, ciertos momentos de la vida, determinados tipos de comportamientos.
Así como la red de las relaciones de poder concluye por construir un espeso tejido que atraviesa los aparatos y las instituciones sin localizarse exactamente en llos, así también la formación del enjambre de los puntos de resistencia surca las estratificaciones sociales y las unidades individuales. Y es sin duda la codificación estratégica de esos puntos de resistencia lo que torna posible una revolución, un poco como el Estado reposa en la integración institucional de las relaciones de poder.


Método

Para volver al sexo y a los discursos verdaderos que lo tomaron a su cargo, el problema a resolver no debe, pues, consistir en lo siguiente: dada una determinada estructura estatal, ¿cómo y por qué "el" poder necesita instituir un saber sobre el sexo? La cuestión tampoco será: ¿a qué dominación de conjunto sirvió el cuidado puesto (desde el siglo XVII) en producir sobre el sexo discursos verdaderos? Ni tampoco: ¿qué ley presidió, al mismo tiempo, la regularidad del comportamiento sexual y la conformidad de lo que se decía sobre ese comportamiento? Sino, más bien: en tal tipo de discurso sobre el sexo, en tal forma de extorsión de la verdad que aparece históricamente y en lugares determinados (en torno al cuerpo del niño, a propósito del sexo femenino, en la oportunidad de prácticas de restricciones de nacimientos, etc.), ¿cuáles son las relaciones de poder, las más inmediatas, las más locales, que están actuando?¿Cómo hacen posibles esas especies de discursos e inversamente, cómo esos discursos les sirven de soporte?¿Cómo se ve modificado el juego de esas relaciones de poder en virtud de su ejercicio mismo -refuerzo de ciertos términos, debilitamiento de otros, efectos de resistencia, contracargas (contre-investissements)-, de tal suerte que no ha habido, dado de una vez por todas, un tipo estable de sujeción?¿Cómo se entrelazan unas con otras las relaciones de poder, según la lógica de una estrategia global que retrospectivamente adquiere el aspecto de una política unitaria y voluntarista del sexo? Grosso modo: en lugar de referir a la forma única del gran Poder todas las violencias infinitesimales que se ejercen sobre el sexo, todas las miradas turbias que se le dirigen y todos los sellos con que se oblitera su conocimiento posible, se trata de sumergir la abundante producción de discursos sobre el sexo en el campo de las relaciones poder múltiples y móviles.
Esto conduce a plantear previamente cuatro reglas, pero que no constituyen imperativos metodológicos sino, más bien, prescripciones de prudencia
1) Regla de inmanencia
No considerar que existe un determinado campo de la sexualidad que depende por derecho de un conocimiento científico desinteresado y libre, pero sobre el cual las exigencias del poder -económicas o ideológicas- hicieron pesar mecanismos de prohibicón. Si la sexualidad se constituyó como campo a conocer, tal cosa sucedió a partir de relaciones de poder que la instituyeron como objeto posible; y si el poder pudo considerarla un blanco, eso ocurrió porque técnicas de saber y procedimientos discursivos, fueron capaces de sitiarla e inmovilizarla. Entre técnicas de saber y estrategias de poder no existe exterioridad alguna, inclusi si poseen su propio papel específico y se articulan una con otra, a partir de su diferencia. Se partirá pues de lo que podría denominarse "focos locales" de poder-saber: por ejemplo, las relaciones que se anudan entre penitente y confesor o fiel y director de conciencias: en ellos, y bajo el signo de la "carne" que se debe dominar, diferentes formas de discursos -examen de sí mismos, interrogatorio, confesiones, interpretaciones, conversaciones- portan en una especie de vaivén incesante formas de sujeción y esquemas de conocimiento. Asimismo, el cuerpo del niño vigilado, rodeado en su cuna, lecho o cuarto por toda una ronda de padres, nodrizas, domésticos, pedagogos, médicos, todos atentos a las menores manifestaciones de su sexo, constituyó, sobre todo a partir del siglo XVII, otro "foco local" de poder-saber.
2) Reglas de las variaciones continuas
No buscar quién posee el poder en el orden de la sexualidad (los hombres, los adultos, los padres, los médicos) y a quién le falta (las mujeres, los adolescentes, los niños, los enfermos); ni quién tiene el derecho de saber y quién está mantenido por la fuerza en la ignorancia. Buscar, más bien, el esquema de las modificaciones que las relaciones de fuerza, por su propio juego, implican. Las "distribuciones de poder" o las "apropiaciones de saber" nunca representan otra cosa que cortes instantáneos de ciertos procesos, ya sean de refuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya sean de inversión de relación, o de crecimiento simultáneo de ambos términos. Las relaciones de poder-saber no son formas establecidas de repartición sino "matrices de transformaciones". El conjunto constituido en el siglo XIX alrededor del niño y su sexo por el padre, la madre, el educador y el médico atravesó modificaciones incesantes, desplazamientos continuos, uno de cuyos resultados más espectaculares fue una extraña inversión: mientras que al principio, la sexualidad del niño fue problematizada en una relación directamente establecida entre el médico y los padres (en forma de consejos, de opinión sobre vigilancia, de amenazas para el futuro), finalmente fue en la relación del psiquiatra con el niño como la sexualidad de los adultos se vio puesta en entredicho.
3) Regla del doble condicionamiento
Ningún "foco local", ningún "esquema de transformaciones" podría funcionar sin inscribirse al fin y al cabo, por una serie de encadenamientos sucesivos, en una estrategia de conjunto. Inversamente, ninguna estrategia podría asegurar efectos globales si no se apoyara en relaciones precisas y tenues que le sirven, sino de aplicación y consecuencia, si de soporte y punto de anclaje. De unas a otras, ninguna discontinuidad como en dos niveles diferentes (uno microscópico y el otro mascroscópico), pero tampoco homogeneidad (como si uno fuese la proyección aumentada o la miniaturización del otro); más bien hay que pensar en el doble condicionamiento de una estrategia por la especificidad de las tácticas posibles, y de las tácticas por la envoltura estratégica que los hace funcionar. Así, en la familia el padre no es el "representante" del soberano o del Estado, y éstos no son proyecciones del padre en otra escala. La familia no reproduce a la sociedad, y ésta, a su vez, no la imita. Pero el dispositivo familiar, precisamente en lo que tenía de insular y de heteromorfo respecto de los demás mecanismos de poder, sirvió de soporte a las grandes "maniobras" para el control malthusiano de la natalidad, para las incitaciones poblacionsitas, para la medicalización del sexo y la psiquiatrización de sus formas no genitales.
4) Regla de la polivalencia táctica de los discursos
Lo que se dice sobre el sexo no debe ser analizado como simple superficie de proyección de los mecanismos de poder. Poder y saber se articulan por supuesto en el discurso. Y por esa misma razón, es preciso concebir el discurso como una serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es uniforme ni estable. Más precisamente, no hay que imaginar un universo del discurso dividido entre el discurso aceptado y el discurso excluido o entre el discurso dominante y el dominado, sino como una multiplicidad de elementos discursivos que pueden actuar en estrategias diferentes. Tal distribución es lo que hay que restituir, con lo que acarrea de cosas dichas y cosas ocultas, de enunciaciones requeridas y prohibidas; con lo que supone de variantes y efectos diferentes según quien hable, su posición de poder, el contexto institucional en que se halle colocado; con lo que supone también, de desplazamientos y reutilizaciones de fórmulas idénticas para objetivos opuestos. Los discursos, al igual que los silencios, no están de una vez por todas sometidas al poder o levantados contra él. Hay que admitir un juego complejo e inestable donde el discurso puede, a la vez, ser instrumento y efecto de poder; pero también obstáculo, tope, punto de resistencia y de partida para una estrategia opuesta. El discursos transporta y produce poder: lo refuerza, pero también lo mina, lo expone, lo torna frágil y permite detenerlo. Del mismo modo, el silencio y el secreto abrigan el poder, anclan sus prohibiciones; pero también aflojan sus apresamientos y negocian tolerancias más o menos oscuras. Piensese por ejemplo en la historia de lo que fue, por excelencia, "el" gran pecado contra natura. La extrema discreción de los textos sobre la sodomía -esa categoría tan confusa-, la reticencia casi general al hablar de ella, permitió durante mucho tiempo un doble funcionamiento: por una parte una extrema severidad (condena a la hoguera aplicada aún en el siglo XVII sin que ninguna protesta importante fuera expresada antes de la mitad del siglo), y, por otra parte, una tolerancia seguramente muy amplia que se deduce indirectamente de la rareza de las condenas judiciales, y que se advierte más directamente a través de ciertos testimonios sobre las sociedades masculinas que podían existir en los ejércitos o las cortes. Ahora bien, en el siglo XIX, la aparición en la psiquiatría, la jurisprudencia y también la literatura de toda una serie de discursos sobre las especies y subespecies de homosexualidad, inversión, pederastía y "hermafroditismo psíquico", con seguridad permitió un empuje muy pronunciado de los controles sociales en esta región de la "perversidad", pero permitió también la constitución de un discurso de "rechazo": la homosexualidad su puso a hablar de sí misma, a reinvidicar su legitimidad o su "naturalidad" incorporando frecuentemente al vocabulario las categorías con que era médicamente descalificada. No existe el discurso del poder por un lado y, enfrente, otro que se le oponga. Los discursos son elementos o bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza; puede haberlos diferentes o incluso contradictorios en el interior de la misma estrategia; pueden por el contrario circular sin cambiar de forma entre estrategias opuestas. A los discursos sobre el sexo no hay que preguntarles ante todo de que teoría implícita derivan o que divisiones morales acompañan o que ideología -dominante o dominada- representan, sino que hay que interrogarlos en dos niveles: su productividad táctica (qué efectos recíprocos de poder y saber aseguran) y su integración estratégica (cuál coyuntura y cuál relación de fuerzas vuelven necesaria su utilización en tal o cual episodio de los diversos enfrentamientos que producen).



Campo

No hay que describir la sexualidad como un impulso reacio, extraño por naturaleza e indócil por necesidad a un poder que, por su lado, se encarniza en someterlo y a menudo fracasa en su intento de dominarla por completo. La sexualidad aparece más bien como una vía de paso para las relaciones de poder particularmente densa: entre hombres y mujeres, jóvenes y viejos, padres e hijos, educadores y alumnos, sacerdotes y laicos, gobierno y población. En las relaciones de poder la sexualidad no es el elemento más inerte, sino, más bien, uno de lo que están dotados de la mayor instrumentalidad: utilizable para el mayor número de maniobras y capaz de servir de apoyo, de bisagra, a las más variadas estrategias.
No hay una estrategia única, global, válida para toda la sociedad y enfocada de manera uniforme sobre todas las manifestaciones del sexo: por ejemplo, la idea de que a menudo se ha buscado por diferentes medios reducir todo el sexo a su función reproductora, a su forma heterosexual y adulta y a su legitimidad matrimonial, no da razón, sin duda, de los múltiples objetivos buscados, de los múltiples medios empleados en las políticas sexuales que concernieron a ambos sexos, a las diferentes edades y las diversas clases sociales.
En una primera aproximación, parece posible distinguir, a partir del siglo XVIII, cuatro grandes conjuntos estratégicos que despliegan a propósito del sexo dispositivos específicos de saber y de poder. No nacieron de golpe en ese momento, pero adquirieron entonces una coherencia, alcanzaron en el orden del poder una eficacia y en el del saber una productividad que permite describirlos en su relativa autonomía.
Histerización del cuerpo de la mujer: triple proceso según el cual el cuerpo de la mujer fue analizado -cualificado y descualificado- como cuerpo íntegramente saturado de sexualidad; de este modo este cuerpo fue integrado, bajo el efecto de una patología que le sería intrínseca, al campo de las prácticas médicas; y por último, fue puesto en comunicación orgánica con el cuerpo social (cuya fecundidad regulada debe asegurar), con el espacio familiar (del que debe ser un elemento sustancial y funcional) y con la vida de los niños (que produce y debe garantizar; por una responsabilidad biológica-moral que dura todo el tiempo de la educación): la madre, con su imagen negativa que es la "mujer nerviosa", constituye la forma más visible de esta histerización.
Pedagogización del sexo del niño: doble afirmación de que casi todos los niños se entregan, o son susceptibles de entregarse, a una actividad sexual, y de que siendo esa actividad indebida, a la vez "natural" y "contra natura", trae consigo peligros físicos y morales, colectivos e individuales; los niños son definidos como seres sexuales "liminares", más acá del sexo y ya en él, a caballo en una peligrosa línea divisoria; los padres, las familias, los educadores, los médicos, y más tarde los psicólogos, deben tomar a su cargo, de manera continua, ese germen sexual precioso y peligroso, peligroso y en peligro; tal pedagogización se manifiesta sobre todo en una guerra contra el onanismo que en Occidente duró cerca de dos siglos.
Socialización de las conductas procreadoras: socialización económica a través de todas las incitaciones o frenos aportados, por medidas "sociales" o fiscales, a la fecundidad de las parejas; socialización política por la responsabilización de las parejas respecto del cuerpo social entero (que hay que limitar o, por el contrario, reforzar); socialización médica, en virtud del valor patógeno, para el individuo y la especie, prestado a las prácticas de control de los nacimientos.
Psiquiatrización del placer perverso: el instinto sexual fue aislado como instinto biológico y psíquico autónomo; se hizo el análisis clínico de todas las formas de anomalías que pueden afectarlo; se le confirió un papel de normalización y patologización de la conducta entera; por último, se buscó una tecnología correctiva de dichas anomalías.

En la preocupación por el sexo -que va creciendo a todo lo largo del siglo XIX- se dibujan cuatro figuras, objetos privilegiados de saber, blancos y fijaciones para las empresas del saber: la mujer histérica, el niño masturbador, la pareja malthusiana, el adulto perverso; cada uno es el correlativo de una de esas estrategias que, cada una a su manera, atravesaron y utilizaron el sexo de los niños, de las mujeres y de los hombres. ¿De qué se trata en tales estrategias?¿De una lucha contra la sexualidad?¿O de un esfuerzo por controlarla?¿De una tentativa para regirla mejor y enmascarar lo que pueda tener de indiscreto, de llamativo, de indócil?¿De una manera de formular esa parte de saber que sería aceptable o útil? En realidad, se trata más bien de la producción misma de la sexualidad, a la que no hay que concebir como una especie de naturaleza dada que el poder intentaría reducir, o como un campo oscuro que el saber intentaría, poco a poco, descubrir. Es el nombre que se puede dar a un dispositivo histórico: no a una realidad por debajo en la que se ejercerían díficiles apresamientos, sino una gran red de superficie en la que la estimulación de los cuerpos, la intensificación de los placeres, la incitación al discurso, la formación de conocimientos, el refuerzo de los controles y las resistencias se encadenan unos con otros según grandes estrategias de saber y de poder.
Sin duda puede admitirse que las relaciones de sexo dieron lugar, en toda sociedad, a un dispositivo de alianza: sistema de matrimonio, de fijación y de desarrollo del parentesco, de transmisión de nombres y bienes. El dispositivo de alianza, con el saber que exige, a menudo complejo, perdió importancia a medida que los procesos económicos y las estructuras políticas dejaron de hallar en él un instrumento adecuado o un soporte suficiente. Las sociedades occidentales modernas inventaron y erigieron, sobre todo a partir del siglo XVIII, un nuevo dispositivo que se le superpone y que contribuyó, aunque sin excluirlo, a reducir su importancia. Éste es el dispositivo de sexualidad: el de alianza se edifica en torno de un sistema de reglas que definen lo permitido y lo prohibido, lo prescrito y lo ilícito; el de sexualidad funciona según técnicas móviles, polimorfas y coyunturales de poder. El dispositivo de alianza tiene entre sus principales objetivos el de reproducir el juego de las relaciones y mantener la ley que las rige; el de sexualidad engendra en cambio una extensión permanente de los dominios y las formas de control. Para el primero, lo pertinente es el lazo entre dos personas de estatuto definido; para el segundo, lo pertinente son las sensaciones del cuerpo, la calidad de los placeres, la naturaleza de las impresiones, por tenues o imperceptibles que sean. Finalmente, si el dispositivo de alianza está fuertemente articulado con la economía a causa del papel que puede desempeñar en la transmisión o circulación de riquezas, el dispositivo de sexualidad está vinculado a la economía a través de mediaciones numerosas y sutiles, pero la principal es el cuerpo -cuerpo que produce y que consume-. En una palabra, el dispositivo de alianza sin duda está orientado a una homeostasis del cuerpo social que es su función mantener; de ahí su vínculo privilegiado con el derecho; de ahí también que para él, el tiempo fuerte sea el de la reproducción. El dispositivo de sexualidad no tiene como razón de ser el hecho de reproducir, sino el de proliferar, innovar, anexar, inventar, penetras los cuerpos de manera cada vez más detallado y controlar las poblaciones de manera cada vez más global. Es necesario pues, admitir tres o cuatro tesis contrarias a la que supone el tema de una sexualidad reprimida por las formas modernas de la sociedad: la sexualidad está ligada a dispositivos de poder recientes; ha estado en expansión creciente desde el siglo XVII; la disposición o arreglo que desde entonces lo sostuvo no se dirige a la reproducción; se ligó desde el origen a una intesificación del cuerpo, a su valoración como objeto de saber y como elemento en las relaciones de poder.



Periodización

La historia de la sexualidad -si se quiere centrarla en los mecanismos de represión- supone dos rupturas. Una durante el siglo XVII: nacimiento de las grandes prohibiciones, valoración de la sexualidad adulta y matrimonial únicamente, imperativos de decencia, evitación obligatoria del cuerpo, silencios y pudores imperativos del lenguaje; la otra, en el siglo XX: no tanto ruptura, por lo demás, como inflexión de la curva: en tal momento los mecanismos de la represión habría comenzado a aflojarse; se habría pasado de las prohibiciones sexuales apremiantes a una tolerancia relativa respecto de las relaciones prenupciales o extramatrimoniales; la descalificación de los "perversos" se habría atenuado, y borrado en parte su condena por la ley; se habrían levantado en buena medida los tabúes que pesaban sobre la sexualidad infantil.
Hay que intentar seguir la cronología de estos procedimientos: las invenciones, las mutaciones instrumentales, las permanencias. Pero existe, también el calendario de su utilización, la cronología de su difusión y de los efectos que inducen (de sujeción o resistencia). Estas dataciones múltiples indudablemente no coinciden con el gran ciclo represivo que de ordinario se sitúa entre los siglos XVII y XX.
1) La cronología de las técnicas mismas se remontan muy atrás. Hay que buscar su punto de formación en las prácticas penitenciales del cristianismo medieval o, mejor, en la doble serie constituida por la confesión obligatoria, exhaustiva y periódica impuesta a todos los fieles en el Concilio de Letrán, y por los métodos del ascetismo, del ejercicio espiritual y del misticismo desarrollado con particular intensidad desde el siglo XIV. Primero la Reforma, luego el catolicismo tridentino marcaron una mutación importante y una incisión en lo que se podría llamar la "tecnología tradicional de la carne". Escisión cuya profundidad no debe ser ignorada; ello no excluye sin embargo cierto paralelismo entre los métodos católicos y protestantes del examen de conciencia y de la dirección pastoral: aquí y allá se fijan, con diversas sutilezas, procedimientos de análisis y de formulación discursiva de la "concupiscencia". Técnica rica, refinada, que se desarrolló a partir del siglo XVI a través de largas elaboraciones teóricas y se fijó a fines del XVIII en fórmulas que pueden simbolizar, por un lado, el rigorismo mitigado de Alfonso de Ligorio y, por otro, la pedagogía de Wesley.
Ahora bien, en esas postrimerías del siglo XVIII, y por razones que habrá que determinar, nació una tecnología del sexo enteramente nueva; nueva pues sin ser de veras independiente de la temática del pecado, escapaba en lo esencial a la institución eclesiástica. Por mediación de la medicina, la pedagogía y la economía, hizo del sexo no sólo un asunto laico, sino un asunto de Estado; aún más: un asunto en el cual todo el cuerpo social, y casi cada uno de sus individuos, eran instados a someterse a vigilancia. Y nueva, también, pues se desarrollaba según tres ejes: el de la pedagogía, cuyo objetivo era la sexualidad del específica del niño; el de la medicina, cuyo objetivo era la fisiología sexual de las mujeres; y el de la demografía, finalmente, cuyo objetivo era la regulación espontánea o controlada de los nacimientos. El "pecado de juventud", las "enfermedades de los nervios" y los "fraudes a la procreación" (como más tarde se llamó a esos "funestos secretos") señalaron así los tres dominios privilegiados de aquella nueva tecnología. Sin duda, en cada uno de esos puntos retomó, no sin simplificarlos, métodos ya formados por el cristianismo: la sexualidad infantil ya estaba problematizada en la pedagogía espiritual del cristianismo (no es indiferente que el primer tratado consagrado al pecado, "De mollitiis", haya sido escrito en el siglo XV por Gerson, educador y místico; y que la colección "Onania", redactado por Dekker en el siglo XVIII, vuelva palabra por palabra a ejemplos establecidos por la pastoral anglicana); la medicina de los nervios y los vapores, en el siglo XVIII, retomó a su vez el campo de análisis descubierto ya en el momento en que los fenómenos de posesión abrieron una crisis grave en las prácticas tan "indiscretas" de la dirección de conciencia y del examen espiritual (la enfermedad nerviosa no es, por cierto, la verdad de la posesión; pero la medicina de la histeria no carece de relación con la antigua dirección de los "obsesos"); y las campañas a propósito de la natalidad desplazan bajo otra forma y a otro nivel el control de las relaciones conyugales, cuyo examen la penitencia cristiana había perseguido con tanta obstinación. Continuidad visible, pero que no impide una transformación capital: la tecnología del sexo, a partir de ese momento, empezó a responder a la institucióm médica, a la exigencia de normalidad, y más que al problema de la muerte y el castigo eterno, al problema de la vida y la enfermedad. La "carne" es proyectada sobre el organismo.
Tal mutación se sitúa en el tránsito del siglo XVIII al XIX; abrió el camino a muchas otras transformaciones derivadas de ella. Una, en primer lugar, separó la medicina del sexo de la medicina general del cuerpo; aisló un "instinto" sexual susceptible -incluso sin alteración orgánica- de presentar anomalías constitutivas, desviaciones adquiridas, dolencias o procesos patlógicos. La "Psychopathia sexualis" de Heinrich Kaan, en 1846, puede servir como indicador: de entonces data la relativa autonomización del sexo respecto del cuerpo, la aparición correlativa de una medicina, de una "ortopedia" específica, la apertura, en una palabra, de, ese gran dominio médico-psicológico de las "perversiones" que relevó a las viejas categorías morales del libertinaje o el exceso. En la misma época, el análisis de la herencia otorgaba al sexo (relaciones sexuales, enfermedades venéreas, alianzas matrimoniales, perversiones) una posición de "responsabilidad biológica" en lo tocante a la especie: el sexo no sólo podía verse afectado por sus propias enfermedades, sino también, en el caso de no controlarse, transmitir enfermedades o bien creárselas a las generaciones futuras: así aparecía en el principio de todo un capital patológico de la especie. De ahí el proyecto médico y también político de organizar una administración estatal de los matrimonios, nacimientos y supervivencias; el sexo y su fecundidad deben ser administrados. La medicina de las perversiones y los programas de eugenesia fueron en la tecnología del sexo las dos grandes innovaciones de la segunda mitad del siglo XIX.
Innovaciones que se articularon fácilmente, pues la teoría de la "degeneración" les permitía referirse perpetuamente la una a la otra; explicaba cómo una herencia cargada de diversas enfermedades -orgánicas, funcionales o psíquicas, poco importa- producía en definitiva un perverso sexual (buscad en la genealogía de un exhibicionista o homosexual y encontraréis un antepasado hemipléjico, un padre tísico o un tío afectado de demencia senil); pero también explicaba como una perversión sexual indicaba un agotamiento de la descendencia -raquitismo infantil, esterilidad de las generaciones futuras-. El conjunto perversión-herencia-degeneración constituyó el sólido núcleo de nuevas tecnologías del sexo. Y no hay que imaginar que se trataba sólo de una teoría médica científicamente insuficiente y abusivamente moralizadora. Su superficie de dispersión fue amplia y profunda su implantación. Psiquiatría, jurisprudencia de niños peligrosos o en peligro, funcionaron mucho tiempo con arreglo a la teoría de la degeneración, al sistema herencia-perversión. Toda una práctica social, cuya forma exasperada y a la vez coherente fue el racismo de Estado, dio a la tecnología del sexo un poder temible y efectos duraderos. Y se comprendería mal la posición del psicoanálisis, a finales del siglo XIX, si no se viera la ruptura que operó respecto al gran sistema de degeneración: retomó el proyecto de una tecnología médica propia del instinto sexual, pero buscó emanciparla de sus correlaciones con la herencia y, por consiguiente, con todos los racismos y todos los eugenismos. Podemos ahora volver sobre lo que podía haber de voluntad normalizadora en Freud, también se puede denunciar el papel desempeñado desde hace años por la institución psicoanalítica; en la gran familia de las tecnologías del sexo, que se remonta tan lejos en la historia del Occidente cristiano, y entras las que en el siglo XIX emprendieron la medicalización del sexo, el psicoanálisis fue hasta la década de 1940 la que se opuso, rigurasamente, a los efectos políticos e institucionales del sistema perversión-herencia-degeneración.
Como se puede observar, la genealogía de todas esas técnicas, con sus mutaciones, desplazamientos, continuidades y rupturas, no coincide con la hipótesis de una gran fase represiva inaugurada durante la edad clásica y en vías de concluir lentamente a lo largo del siglo XX. Más bien hubo una inventiva perpetua, una constante irradiación de métodos y procedimientos, con dos momentos particularmente fecundos en esta proliferante historia: hacia mediados del siglo XVI, el desarrollo de los procedimientos de dirección y examen de conciencia; a comienzos del siglo XIX, la aparición de las tecnologías médicas del sexo.
2) Pero todo eso no consistiría más que en una datación de las técnicas mismas. Fue otra la historia de su difusión y su punto de aplicación. Si se escribe la historia de la sexualidad en términos de represión y si se refiere esa represión a la utilización de la fuerza de trabajo, es preciso suponer que los controles sexuales fueron más intensos y cuidadosos cuando se refirieron a las clases pobres; se debe imaginar que siguieron las líneas de mayor dominación y la explotación más sistemática: el hombre adulto, joven, que no poseía sino su fuerza para vivir, debería ser el primer blanco de una sujeción destinada a desplazar las energías disponibles desde el placer inútil hacia el trabajo obligatorio. Pero no parece que las cosas hayan sucedido así. Al contrario, las técnicas más rigurosas se formaron y, sobretodo, se aplicaron en primer lugar y con más intensidad en las clases económicamente privilegiadas y políticamente dirigentes. La dirección de las conciencias, el examen de sí, toda la larga elaboración de los pecados de la carne, la localización escrupulosa de la concupiscencia, fueron otros tantos procedimientos sutiles que no podían ser accesibles sino a grupos restringidos. El método penitencial de Alfonso de Ligorio, las reglas propuestas a los metodistas por Wesley, les aseguraron, es cierto, una difusión más amplia, pero al precio de una considerable simplificación. Lo mismo podría decirse de la familia como instancia de control y punto de saturación sexual: fue en primer término en la familia "burguesa" o "aristocrática" donde se problematizó la sexualidad de los niños y los adolescentes, donde se medicalizó la sexualidad femenina y donde se alertó sobre la posible patología del sexo, la urgente necesidad de vigilarlo y de inventar una tecnología racional de corrección. Fue ese el primer lugar de la psiquiatrización del sexo. Fue la primera que entró en eretismo sexual, provocándose miedos, inventando recetas, apelando al socorro de técnicas científicas, suscitando innumerables discursos para repetírselos a sí misma. La burguesía comenzó por considerar su propio sexo como cosa importante, frágil tesoro, secreto que era indispensable conocer. El personaje invadido en primer lugar por el dispositivo de sexualidad, uno de los primeros en verse "sexualizado", fue, no hay que olvidarlo, la mujer "ociosa", en los límites de lo "mundano", donde debía figurar siempre como un valor, y de la familia, donde se le asignaba un nuevo lote de obligaciones conyugales y maternales: así apareció la mujer "nerviosa", la mujer que sufría de "vapores"; allí encontró su anclaje la histerización de la mujer. En cuanto al adolescente que dilapidaba en placeres secretos su futura sustancia, el niño onanista que preocupó tanto a médicos y educadores desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX, no era el niño del pueblo, el futuro obrero, a quien habría sido necesario inculcarle las disciplinas del cuerpo; era el colegial, el jovencito rodeado de sirvientes, preceptores y gobernantes, y que corría el riesgo de comprometer menos una fuerza física que capacidades intelectuales, un deber moral y la obligación de conservar para su familia y su clase una descendencia sana.
Frente a esto, las capas populares escaparon durante mucho tiempo al dispositivo de sexualidad. Ciertamente, estaban sometidas según modalidades particulares al dispositivo de las alianzas: valoración del matrimonio legítimo y la fecundidad, exclusión de las uniones cosanguíneas, prescripciones de endogamia social y local. Es poco probable, en cambio, que la tecnología cristiana de la carne haya tenido nunca gran importancia para ellos. Los mecanismos de sexualización penetraron lentamente en esas capas, y sin duda en tres etapas sucesivas. primero a propósito de los problemas de natalidad, cuando a fines del siglo XVIII se descubrió que el arte de engañar a la naturaleza no era un privilegio de citadinos y libertinos, sino que era conocido y practicado por quienes, cercanos a la naturaleza, deberían sentir por tal arte más repugnancia que los demás. Luego, cuando la organización de la familia "canónica", alrededor de 1830, pareció un instrumento de control político y regulación económica indispensable para la sujeción del proletariado urbano: gran campaña en pro de la "moralización de las clases pobres". Finalmente, cuando a fines del siglo XIX se desarrolló el control judicial y médico de las perversiones, en nombre de una protección general de la sociedad y la raza. Puede decirse que entonces el dispositivo de sexualidad, elaborado en sus formas más complejas y más intensas por y para las clases privilegiadas, se difundió en el cuerpo social entero. Pero no adquirió en todas partes las mismas formas ni utilizó los mismos instrumentos (los papeles respectivos de la instancia médica y la instancia judicial no fueron los mismos aquí y allá, ni tampoco la manera en que funcionó la medicina de la sexualidad).



Hemos inscripto entonces, la hipótesis represiva en una economía general de los discursos; hemos visto la creación, la aplicación y la historia del dispositivo de sexualidad, pero se podría objetar: ¿Qué hay respecto del sexo? ¿no constituye una paradoja querer hacer una historia de la sexualidad a nivel de los cuerpos sin tratar para nada el sexo?
Veamos entonces cómo la idea de "sexo" se formó debido al dispositivo de sexualidad.

A lo largo de las grandes líneas en que se desarrolló el dispositivo de sexualidad desde el siglo XIX, vemos elaborarse la idea de que existe algo más que los cuerpos, los órganos, las localizaciones somáticas, las funciones, los sistemas anatomofisiológicos, las sensaciones, los placeres; algo más y algo diferente, algo dotado de propiedades intrínsecas y leyes propias: el "sexo". Así, en el proceso de histerización de la mujer, el "sexo" fue definido de tres maneras: como lo que es común al hombre y la mujer; o como lo que pertenece por excelencia al hombre y falta por lo tanto a la mujer; pero también como lo que constituye por sí solo el cuerpo de la mujer, orientándolo por entero a las funciones de reproducción y perturbándolo sin cesar en virtud de los efectos de esas mismas funciones; en esta estrategia, la histeria es interpretada como el juego del sexo en cuanto es lo "uno" y lo "otro", todo y parte, principio y carencia. En la sexualización de la infancia, se elabora la idea de un sexo presente (anatómicamente) y ausente (fisiológicamente), presente también si se considera su actividad y deficiente si se atiende a su finalidad reproductora; o asimismo actual en sus manifestaciones pero escondido en sus efectos, que sólo más tarde aparecerán en su gravedad patológica; y en el adulto, si el sexo del niño sigue presente, lo hace en la forma de una causalidad secreta que tiende a anular el sexo del adulto (fue uno de los dogmas de la medicina de los siglos XVIII y XIX suponer que la precocidad del sexo provoca luego esterilidad, impotencia, frigidez, incapacidad de experimentar placer, anestesia de los sentidos); al sexualizar la infancia se constituyó la idea de un sexo marcado por el juego esencial de la presencia y la ausencia, de lo oculto y lo manifiesto; la masturbación con los efectos que se le conferían, revelaría de modo privilegiado ese juego de la presencia y la ausencia, de lo manifiesto y lo oculto. En la psiquiatrización de las perversiones, el sexo fue referido a funciones biológicas y a un aparato anatomofisiológico que le da su "sentido", es decir, su finalidad; pero también fue referido a un instinto que, a través de su propio desarrollo y según los objetos a los que puede vincularse, torna posible la aparición de conductas perveras e inteligible su génesis; así el "sexo" es definido mediante un entrelazamiento de función e instinto, de finalidad y significación; y bajo esta forma, en parte alguna se manifiesta mejor que en la perversión-modelo, en ese "fetichismo" que, al menos desde 1877, sirvió de hilo conductor para el análisis de todas las demás desviaciones, pues en él se leía claramente la fijación del instinto a un objeto con arreglo a la manera de la adherencia histórica y de la inadecuación biológica. Por último, en la socialización de las conductas procreadoras, el "sexo" es descrito como atrapado entre una ley de realidad (cuya forma más inmediata y más abrupta es la necesidad económica) y una economía de placer que siempre trata de esquivarla, cuando no la ignora; el más célebre de los "fraudes", el coitus interruptus, representa el punto donde la instancia de lo real obliga a poner un término al placer y donde el placer logra realizarse a pesar de la economía prescrita por lo real. Como se ve, en esas diferentes estrategias la idea del "sexo" es puesta en marcha por el dispositivo de sexualidad; y bajo las cuatro grandes formas de la histeria, el onanismo, el fetichismo y el coito interrumpido, hace aparecer al sexo como sometido al juego del todo y la parte, del principio y la carencia, de la ausencia y la presencia, del exceso y la deficiencia, de la función y el instinto, de la finalidad y el sentido, de la realidad y el placer. Así se formó poco a poco el armazón de una teoría general del sexo.
Ahora bien, la teoría así engendrada ejerció en el dispositivo de sexualidad cierto número de funciones que la tornaron indispensable. Sobre todo, tres fueron importantes. En primer lugar, la noción de sexo permitió agrupar en una unidad artificial elementos anatómicos, funciones biológicas, conductos, sensaciones, placeres, y permitió el funcionamiento como principio causal de esa misma unidad ficticia; como principio causal, pero también como sentido omnipresente, secreto a descubrir en todas partes: el sexo, pues, pudo funcionar como significante único y como significado universal. Además, al darse unitariamente como anatomía y como carencia, como función y como latencia, como instinto y como sentido, pudo trazar la línea de contracto entre un saber de la sexualidad humana y las ciencias biológicas de la reproducción, así el primero, sin tomar realmente nada de las segundas, recibió por privilegio de vecindad una garantía de cuasi-cientificidad; pero, por esa misma vecindad, ciertos contenidos de la biología y la fisiología pudieron servir de principio de normalidad para la sexualidad humana. Finalmente, la noción de sexo aseguró un vuelco esencial: permitió invertir la representación de las relaciones de poder con la sexualidad, y hacer que ésta aparezca no en su relación esencial y positiva con el poder, sino como anclada en una instancia específica e irreducible que el poder intenta dominar como puede; así, la idea del "sexo" permite esquivar lo que hace el "poder" del poder; permite no pensarlo sino como ley y prohibición. El sexo, esa instancia que parece dominarnos y ese secreto que nos parece subyacente en todo lo que somos, ese punto que nos fascina por el poder que manifiesta y el sentido que esconde, al que pedimos que nos revele lo que somos y nos libere de lo que nos define, el sexo, sin duda, no es sino un punto ideal hecho necesario por el dispositivo de sexualidad y su funcionamiento. No hay que imaginar una instancia autónoma del sexo que produjese secundariamente los múltiples efectos de la sexualidad a lo largo de su superficie de contacto con el poder. El sexo, por el contrario, es el elemento más especulativo, más ideal y también más interior en un dispositivo de sexualidad que el poder organiza en su apoderamiento de los cuerpos, su materialidad, sus fuerzas, sus energías, sus sensaciones y sus placeres.
Se podría añadir que el "sexo" desempeña además otra función, que atraviesa a las primeras y las sostiene. Papel más práctico que teórica esta vez. En efecto, es el sexo, punto imaginario fijado por el dispositivo de sexualidad, por lo que cada cual debe pasar para acceder a su propia integibilidad (puesto que es a la vez el elemento encubierto y el principio productor de sentod), a la totalidad de su cuerpo (puesto que es una parte real y amenazada de ese cuerpo y constituye simbólicamente el todo), a su identidad (puesto que une la fuerza de una pulsión y la singularidad de una historia).
Al crear ese elemento imaginario que es el "sexo", el dispositivo de sexualidad suscitó uno de sus más esenciales principios internos de funcionamiento: el deseo del sexo, deseo de tenerlo, deseo de acceder a él, de descubrirlo, de liberarlo, de articularlo como discurso, de formularlo como verdad. Constituyó al "sexo" mismo como deseable. Y esa deseabilidad del sexo nos fija a cada uno de nosotros al imperio de conocerlo, de sacar a la luz su ley y su poder; esa deseabilidad nos hace creer que afirmamos contra todo poder los derechos de nuestro sexo, mientras en realidad nos ata al dispositivo de sexualidad que ha hecho subir desde el fondo de nosotros mismos, como un espejismo en el que creemos reconocernos, el brillo negro del sexo.

Ironía de este dispositivo de sexualidad: nos hace creer que en él reside nuestra liberación.

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