lunes, 22 de marzo de 2010

11/3
El estado anímico de una persona es sin duda alguna el mayor condicionante de su pensamiento. Ayer pasé todo el día al costado de la ruta, haciendo dedo para ir a Melo, sin éxito alguno. JuanBa se lo tomaba más a la ligera, y fue esto lo que seguramente me permitió conservar la paciencia. Sin embargo, ya a la hora de acostarnos sólo podía hacer vaticinios nefastos para nuestro futuro.
Julio y Ramón estaban bastante en la misma que yo, pero nada es tan terrible cuando estás junto a tu pareja. Por esto fue que además de desesperanzada, me sentía ligeramente abandonada. A la noche tuve sueños bastante nostálgicos (todavía no me acostumbro a la vida en carpa, y suelo despertarme en mitad de la noche más de una vez).
Pero hoy fue todo distinto. A poco de despertarnos nos levantó una camioneta, quizás la más oportuna en todo el pueblo. Me explico:
Nosotros estábamos en un pueblo del centro-este del país, que se llama treinta y tres (merced al regimiento comandado por Lavalleja que en 1825 se adentró en el territorio nacional, que en ese momento yacía bajo el dominio brasileño), y es atravesado en sentido norte-sur por la ruta nacional nº8. Nuestra intención era subir por ésta hasta Melo (juro que después voy a llenar los baches de esta historia) y de ahí avanzar hacia el oeste hasta Tacuarembó.
Pero gracias a Dios (o a esa omnisciencia de nuestro subconsciente) la camioneta que nos recogió nos dejó directamente a 100 km de Tacuarembó.
Mientras viajaba en la parte trasera de ese vehículo no podía dejar de pensar en lo fresco que era el viento y arrullante el sol (antes ráfagas crueles y llama inclemente), y de atribuirle al paisaje de infinitas plantaciones de eucaliptus toda esa belleza que la satisfacción despertaba en mí.

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