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Juan Bautista es una persona excepcional. Ya de chiquito mostraba facultades extraordinarias, y teniendo un padre adicto a la electrónica no tardó en desarrollar un conocimiento asombroso de la constitución de los electrodomésticos.
Uno creería que, habiendo estudiado luego en un colegio técnico de prestigio (la Phillips, para los que la conocen), su vocación futura estaría cantada. Pero no –y esto es lo que más admiro de él y creo que lo hace un chico único -, si uno llega a conocerlo no tarda en darse cuenta que su futuro no está ahí.
Sin ninguna clase de estímulos o influencia activa en su vida, JuanBa mostró un interés muy fuerte por la lectura. Nunca dejaba de leer por las noches, incluso en períodos de alerta escolar. Encima no leía solamente novelas; leía también historia y filosofía. Hace un tiempo le agarró la manía con los textos clásicos. Puedo asegurar que si alguien menciona algún libro clave en la historia que él no conozca, no va a tardar en tener reseñas del mismo, si acaso no lo leyó.
Piensa piensa piensa y siempre me deslumbra con sus ideas. Es cierto que a veces me pongo en posición de mamá con él, pero la verdad es que su compañía me disipa muchas inseguridades. Qué bueno que es tenerlo! Si no fuese por él, hoy no habríamos almorzado (yo soy un desastre con las fogatas y para colmo en el camping de Gualeguaychú hay poca madera seca), y con todas las complicaciones es igual: consigue una respuesta efectiva.
De él fue la idea de que este viaje culminara en México. Mi sueño siempre fue abandonar la patria para divagar por el continente, escribiendo artículos y quizás dando algún cursillo.
Por eso me encantó su propuesta, porque significaba cita obligada con toda Latinoamérica y conocer la segunda ciudad más grande del mundo.
Lo único que tiene de malo mi convivencia con él es que es muy callado y yo soy una parlanchina. Pero la experiencia me mostró que con unas cervezas esa actitud medianamente se arregla.
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