18/3
mmm… a ver. Mi última anotación es del viernes 12. Pero como la misma correspondía a llenar baches del pasado, ahora tengo que actualizar los sucesos de toda esta semana.
Mi historia se detiene 100 km al este de Tacuarembó. Bien. En ese lugar –cruce de la ruta 26 con la 6 –se llama Caraguatá. Allí conocimos a una pareja uruguaya que se disponía a salir para Tacuarembó. Eran muy simpáticos. Hacían artesanías hermosas con hojas de palmera, y querían pasar por el pueblo natal de la muchacha antes de partir hacia la fiesta de la cerveza que la semana siguiente se daría en Paysandú. Me quedé con ganas de hablar más con ellos, pero llevaban prisa.
Bueno, para refrescarnos un poco, nos duchamos en la estación del lugar, y tomar un matecito. Antes de salir de Pergamino habíamos comprado un anafe que funciona a gas, y se nos acabó justo. Por suerte, tuve el buen tino de comprar un poco de kerosene y alcohol, y cocinamos con eso. Jaja, típica maña de un homeless neoyorquino.
Julio y Ramón tomaron la iniciativa: al anochecer estaban haciendo dedo y en cuestión de minutos habían conseguido un transporte que los llevaba a Ansina (60km más adelante, en el cruce con la 44).
Saben? Es interesante recalcar que todos los conductores coinciden en que una pareja inspira más confianza que cualquier otro grupo que pueda llegar a salir a la ruta para hacer autostop. Cualquiera supondría no sin fundamentos que esto se debe a la presencia de una mujer.
Pero –y casi creería que estoy desmitificando a la sociedad sexista al decir esto –en la práctica se demuestra lo contrario.
Julio y Ramón son pareja; JuanBa y yo no. Y en lo que va del viaje han sido ellos los que más fácilmente consiguieron siempre que los levanten. Podría atribuírsele a la experiencia, si; o al hecho de que mi contextura larguirucha sumada a mi costumbre de llevar siempre el cabello atado hagan que desde lejos pueda pasar por un hombre (lamento decepcionar a mis lectores masculinos, pero no soy lo que se dice un ``minón´´).
Aún así, lo cierto es que las mujeres gozan de fama en el autostop, y el amor de Julio y Ramón las vence a todas. Ninguna pareja hétero les ganaría haciendo dedo. Puedo apostar por ello.
En fin. Nosotros nos lo tomamos más a la ligera. Comimos unos sánguches en la parrillita del lugar, y –para variar –acampamos al costado de la ruta.
Lo acontecido durante el viernes 12 es casi hilarante. Al mediodía nos levantó un matrimonio claramente terrateniente que nos dejó en la entrada de su estancia. Les agradecimos –aunque estábamos en el medio de la nada –y decidimos caminar para ver si encontrábamos mínimamente una sombra en la que descansar.
Pero no hicimos ni dos kilómetros, cuando se acercó una f100 que, por ventura, resultó ser la misma que nos levantó anteriormente. Esta vez el matrimonio venía con un tercero que bien podría ser o su hijo o un peón. De vuelta, el viaje no fue muy largo. A los 15 km se adentraron por una bifurcación de tierra.
Otra vez, empezamos a caminar buscando un lugar donde hacer dedo no sea agobiante. Y otra vez, apareció una f100 en el horizonte. Igual, en zonas agrarias eso no es raro; es el vehículo rural por excelencia.
JuanBa se le acercó para pedirle que nos lleve a Tacuarembó, y el tipo que bajó la ventanilla le dijo `` ya sé que van a Tacuarembó, suban. Yo los dejo en Ansina´´. Era esa misma camioneta otra vez, que ahora venía sólo que el muchacho ese. El matrimonio no estaba.
Ya en Ansina, tuvimos que esperar casi 5 horas para ver una nueva oportunidad de llegar a Tacuarembó. Nos enteramos que ese día había feria ganadera en el pueblo, y gente de todos los alrededores iba o en persona o mediante delegados a pujar por las cabezas de ganado.
Fue terrible la espera; los autos iban todos en la dirección contraria y hacía mucho mucho calor. Al final, a eso de las 7 de la tarde, nos levantó un señor muy simpático que recién salía de la feria. Parecía de particular buen humor, y se divirtió al ver que podría levantar dos viajeros para compartirlo.
Al parecer, este sujeto también había viajado en su juventud. Cómodo de dinero merced a una importante herencia, había decidido salir a conocer Latinoamérica con su novia. Sin embargo, el dinero no les impidió vivir la aventura de viajar por el continente a dedo. Eso sí, al llegar al Caribe, habían contratado un Ferry para conocer todas las islas. Hasta ahí no podremos imitarlo, jeje.
Fue con todas estas historias de viaje que mi cabeza soñadora aterrizó en Tacuarembó. Tan caballeroso fue este señor, que nos llevó hasta la estación de ómnibus (punto de reunión universal), donde dos figuras peculiares nos aguardaban haciendo malabares.
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