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A ver a ver a ver, creo que estoy siendo un poco maleducada al retrasar tanto la historia de La Pedrera. Crear un poco de suspenso está bien –porque mal que mal este diario/anecdotario tiene que tener su atractivo literario –, pero ya está convirtiéndose en una irresponsabilidad.
Hechas ya las formalidades entre Julio y Ramón y nosotros, Inés se marchó. Era hora de crear un verdadero vínculo con ellos.
Tenían una parrillita para cocinar, soga para la ropa y habían encontrado una bomba de agua. Así que luego de montar nuestra carpa junto a la de ellos, nos dedicamos a calentar agua para cebar unos amargos y conocernos mejor. El lugar en el que nos encontrábamos era a 3 km del centro de La Pedrera, conocido como Arachania. Como en casi todo Uruguay, estaba plagado de zonas densas en eucaliptus donde los muchachos no tuvieron problema para asentarse sin molestar ni ser molestados. A mí me encantó.
Julio quería estudiar cine. Joven –no me atreví a preguntarles las edades –y ciertamente lleno de vida, había dejado a su familia para vivir una vida a su gusto y piacere. Me cayó muy bien.
Su pareja venía claramente de otro pozo. Mexicano, también había abandonado su país, aunque nunca dijo porqué. Tampoco insistí. El punto es que en San Pablo se disponía a estudiar artes plásticas, cuando lo conoció a Julio, y tanto se enamoraron que le propuso volver a su país con él.
Así fue que emprendieron el viaje, decidiendo irónicamente ir hacia el sur primero, para visitar a la familia de Julio. Igual, debo reconocer que no me extraña que estos chicos apunten al norte y disparen al sur; llevan la espontaneidad a flor de piel.
Ah, por cierto, son vegetarianos. Este detalle me encantó; yo amo la comida natural. JuanBa no, él come lo que le pongan en frente.
Ese día culminó con un interesante cruce literario: JuanBa le prestó a Ramón Kafka en la Orilla, y Julio a mí el tomo 1 de la historia de la sexualidad de Foucault. Me llamó la atención que haya elegido ese libro para llevarse de viaje, pero al parecer era un deseo suyo de hacía mucho tiempo que un amigo le había cumplido la semana anterior a partir.
Así se inició nuestra primera etapa sedentaria del viaje. Salimos a correr por la playa (JuanBa está haciendo ejercicio!), comemos sano y respiramos aire embadurnado de la esencia del eucaliptus. Qué pasividad, qué ligereza en el fluir de las horas! No hace una semana que me fui y ya recuerdo ese lugar con añoranza.
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