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En Tacuarembó decidimos parar unos días. Todos estábamos medio oxidados por la travesía y además yo señalé que se avecinaba el fin de semana, con lo que nuestras posibilidades de hacer dedo se reducirían bastante. Por ninguna cabeza asomó la idea de tomar un colectivo.
La noche nos agarró en un parque que varios lugareños nos recomendaron para acampar. Era una linda zona, lindante con una bella plaza que lucía glorietas, pérgolas y un humilde anfiteatro. Había una pileta pública, canchas deportivas y juegos hechos con chatarra reciclada.
Igual, en aras del descanso, nos alejamos hacia un sector más boscoso (oh sorpresa: eran eucaliptus).
Tengo una teoría sobre Uruguay. Si bien es magro de territorio, la población aún así es pequeña. Las principales actividades del país son la ganadera y la forestal, y me atrevería a decir que esto debe generar un ingreso medio per cápita superior al argentino.
Una consecuencia directa de este fenómeno es la casi inexistencia de una clase media, los pocos núcleos urbanos y una marginación más marcada, aunque implícita.
El lugar tan bello que describí más arriba es claramente producto de una fuerte inversión en la obra pública, que se entiende si tomamos en cuenta que los uruguayos son pocos y hay pocos lugares donde invertir.
A la mañana siguiente descubrimos que el lugar donde acampamos era hogar de numerosos indigentes. Los uruguayos son gente de campo y –como todos –muy amables con los forasteros. Parece que esta idiosincrasia no escapa a las clases bajas; estos señores literalmente nos mimaron: nos convidaban aceite, leña para el fuego y cubiertos. Alguna que otra vez cenamos con ellos, y no dejaron de aplaudir las habilidades malabarísticas de Julio y Ramón. Parecía mentira que estos autoexiliados –hasta ese punto eran buenos –fuesen tan invisibles a los ojos de su sociedad.
Habría sido difícil despedirme de ellos, si las aguas de un nuevo viaje no hubiesen estado ya inundando mi mente. Quién diría que ese mar sería un océano.
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La noche anterior a partir, mientras JuanBa leía Más allá del golfo de México (yo estoy bastante retrasada con Foucault. Y bueno! Le dedico más tiempo a la escritura…), yo me puse a divagar mirando el mapita que la secretaría de turismo nos facilitó. Repentinamente, se encendió una chispa en mi memoria que terminó trastocando todo nuestro viaje: al noroeste del mapa, se leía un puntillo que decía ``Monte Caseros´´. Monte Caseros… ese nombre me sonaba de algún lugar.
Al instante lo recordé, y mi corazón empezó a palpitar fuertemente. Era un recuerdo angustiante, un estigma del pasado que mi familia había decidido mutilar.
Voy a empezar desde el principio.
A los 24 años, mi padre se enteró que era adoptado. Fue una noticia un tanto trágica, sobre todo porque lo supo mediante una carta de su primo, y no de boca de sus padres. Hace 30 años Pergamino era aún un pueblo chico, y fue un golpe duro para él ir descubriendo lentamente que todos lo sabían excepto él.
Los granos de arena se amontonaban en el reloj de su vida, y la terrible noticia no terminaba de digerirse. Cuando finalmente encaró a sus padres, la situación se tornó peor. Ellos no habían conocido a sus padres biológicos. De hecho, de los trámites legales se había encargado una vecina, que hasta firmó el parte de adopción. Así, se puede decir que mi padre tiene tres madres: una legal, una adoptiva y una biológica.
Sin embargo, él no se rindió. Fue al sanatorio donde nació a buscar los archivos, pero al parecer un incendio los había eliminado. Sólo quedaba una persona a la que recurrir, y era su vecina. Ella fue quizás la única persona cercana a mi padre que conoció a mi abuela verdadera.
Todo lo que ella supo decirle fue que la señora había venido de Monte Caseros, buscando dar un niño en adopción. Al parecer, no quería tener muchas tratativas en el lugar, y por eso de casi todo se había encargado ella. Al menos, pudo averiguar que pertenecía a la comunidad alemana del pueblo. Ahí se terminan los datos. De mi abuelo biológico sólo sabía que estaba muerto. Entonces todas las esperanzas recaían en encontrar a mi abuela.
Lamentablemente, éstas se desvanecieron rápido. No había mucha gente que pudiese ayudarlo, y lo único que atinó a hacer fue poner avisos en los diarios de Monte Caseros. Recuerdo estos sucesos; Eugenio y yo éramos pequeños cuando él se ocupaba de estos trámites y solíamos acompañarlo.
Y bueno, fue así que cuando vi ese nombrecito en el mapa y me sentí tan cerca de él, los genes anónimos que corren por mi sangre me ordenaron que vaya. Le hablé de esto a JuanBa y se mostró de acuerdo. El conocía esta historia de oídas, pero creo que no la siente muy suya. Su entusiasmo frente a esta propuesta venía más bien de la perspectiva de llevar adelante una aventura detectivesca. Jajá, lo comparto; pero sinceramente desde que mi padre me contó esta historia, nunca pude evitar la insoportable consciencia de portar una ascendencia que me es desconocida, de saber que todos los Lamas que vinieron de Extremadura el siglo pasado no tienen más vínculo conmigo que haber sido el siguiente turno en la lista de espera de adopciones.
Eugenio siempre me reprochó esta actitud. Él piensa que nosotros mal que mal somos hijos de nuestro padre y que si él no siente ese vacío por qué habría de sentirlo yo. Pero me parecen divagues. Si yo me siento ajena al apellido Lamas –incluso aunque perteneciese realmente a ese linaje –, no tengo por qué justificarlo. Y aparte me parece que nuestro padre ya tenía un fuerte arraigo familiar cuando recibió la noticia, y la mejor manera que tuvo de afrontar el golpe fue aferrándose aún más fuerte a sus convicciones. No lo culpo. Preferir una mentira consistente a una verdad de agua me parece muy humano.
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Fue así que decidimos volver a Argentina (antes rondaba la posibilidad de subir a Brasil). Sólo restaba ver por dónde, y las opciones eran pocas: Paysandú, Salto y Bella Unión.
Dos fueron las razones que nos llevaron a hacerlo por Paysandú. Uno, que la ruta era más directa y parecía más fácil llegar; y la otra, que allí tendría lugar la fiesta uruguaya de la cerveza (y podríamos ver a Inés y quizás a nuestros amigos hippies de Caraguatá).
Y bueno, con eso quedamos. El círculo se cerraba, y nuestro viaje por la república oriental terminaba donde empezó.
Julio y Ramón se fueron en colectivo, ansiosos de compartir con Ine el descorche de la fiesta. Nosotros, ávidos de continuar nuestras aventuras carreteras, decidimos tomar el camino largo a casa. Quién diría –repito –que ese mar sería un océano.
Tardamos cuatro días en recorrer los 200 km que separan Tacuarembó de Paysandú. Cuatro, de los cuales dos transcurrieron en Valle Edén (cuna mitológica del Zorzal). Por suerte, una señora muy amorosa nos invitó a comer la segunda noche, gracias al caballeroso gesto que tuvo JuanBa de llevarle unas maderas que le dejaron en la ruta.
A la mañana siguiente nos despertamos tempranito y, luego de desayunar con la familia de esta señora, nos despedimos con la fuerte convicción de llegar ese día a Paysandú.
Lo logramos gracias a Gerardo, un peculiar camionero hastiado de una década entera transcurrida en los caminos del Mercosur. Fenómeno global entre los choferes del comercio pesado, Gerardo había sufrido la pérdida de un matrimonio por sus largas ausencias, y comenzaba a peligrar el segundo. Cuando nos levantó a nosotros, volvía a Buenos Aires tras haber dejado su última carga en Rivera. Renunciaba a esa vida divagante para buscar un trabajo de turno cerca de su hogar en La Tablada. Fuerza Gerardo! Desde los rincones de América te envío mi mensaje de fortuna y prosperidad.
Cuando llegamos a Paysandú –el jueves al ocaso –la fiesta de la cerveza ya había terminado, y nuestros amigos nos aguardaban del otro lado del río Uruguay. Sin embargo, eso no nos impidió pasar por cierto bar del centro, para saludar a una camarera rubia con la que siempre estaré en deuda.
Adiós, Patria Gaucha, y vamo arriba!
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